S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí


  • No hay salida. Eso lo entiendo antes de entender cualquier otra cosa.

    El agua está ahí abajo, en la grieta, brillando como si el sol la hubiera puesto para burlarse de mí. Puedo olerla. Puedo oirla. Puedo ver cómo la piedra se humedece en los bordes y cómo el barro guarda la memoria de otros que sí pudieron antes que yo. Pero yo no llego. Mis brazos no la alcanzan. Mis dedos, demadiado torpes, se cierran en el aire como si pudieran agarrar la distancia.

    Si bajo, no subo. Si no bajo, no bebo.

    No tengo palabras para decir «decisión» pero siento su peso. Es como cuando el cielo se pone negro y no hay una cueva cerca: siento que algo viene y que no hay forma de evitarlo, y solo puedo elegir cómo estar cuando llegue.

    Probé con piedras. Las dejé caer e intenté escuchar una respuesta, como si el agua pudiera subir, como si yo pudiese llamarla. Pero no sube.

    Metí un palo, uno largo, otro más largo, pero se quiebran o se hunden o vuelven secos. El agua no se deja traer. El agua exige que uno vaya.

    Miro mis manos. No son garras, no son patas, pero aún no son nada terminado. Son promesa y falla al mismo tiempo. Algunas veces sirven, otras veces no. Hoy no.

    Pienso -o algo parecido, aún no sé qué es pensar- que otros ya pasaron por aquí. Veo sus marcas en la tierra, sus huellas endurecidas. No sé quiénes fueron pero sé que ya no están, y eso también es una respuesta.

    El sol sube. La lengua se me pega al paladar y el cuerpo empieza a decidir por mí. Podría irme, claro, y buscar otro lugar. Pero no hay otro lugar cerca. Lo sé porque vine precisamente buscando el agua, huyendo de la sed, del suelo roto, de los árboles sin hojas. Y este es el único brillo que he visto en muchos pasos.

    Entonces entiendo algo que no es nuevo, pero que ahora se vuelve claro como el dolor: no todos los problemas son para resolverse. Algunos son para medirse contra ellos.

    Me acerco al borde. Me estiro, boca abajo. Bajo un poco más. Siento cómo la piedra me corta el pecho. Solo un poco más. La grieta ya traga mi sombra. Si cedo un poco más de peso, si dejo de ser arriba, voy a ser abajo. Dejaré de ser.

    Imagino -pero no con imágenes sino con algo parecido a una certeza extraña- el momento en que ya no pueda volver, el instante en el que mis manos, estas manos torpes que no alcanzan, tampoco puedan sostenerm. Pero, sin embargo, sigo. Y no porque crea que voy a ganar (no sé qué es ganar) sino porque deseo dejar de tener sed. Y el agua está ahí, abajo. Eso es todo.

    Aflojo una mano, busco otro apoyo, la piedra cede un poco, el cuerpo se desliza, el corazón golpea mi pecho tal como si quisiese salir antes que yo.

    Por un instante entiendo que no soy el primero en enfrentar algo así, y que tampoco seré el último. No sé qué o quién vendrá después de mí, pero sé que habrá otros que mirarán las distancias y las querrán cerrar. Otros que encontrarán las formas, otros que inventarán brazos más largos que los suyos. Que los nuestros. Que los míos.

    Yo no tengo eso. Yo tengo esto, la grieta, el agua, la caída y una decisión que aún no tiene nombre: caer para alcanzar o quedarme entero y seco.

    Si elijo no es porque haya elección sino porque siento que quedarme quieto es otra forma de caer.


  • Irene y yo vivíamos en la casa de nuestros padres, una de esas construcciones largas, profundas, donde los pasillos parecen recordar cosas que yo preferiría olvidar. La cuidábamos con una dedicación casi ritual. Mientras yo me ocupaba de las compras y de ciertos arreglos menores, Irene tejía. Siempre tejía. Era su manera de ordenar el mundo, de sostenerlo, hilo por hilo, para que no se deshiciera.

    La casa era excesiva para dos personas, pero no nos incomodaba. Al contrario, teníamos en esas habitaciones desocupadas una calma densa, tal como si el silencio fuese una forma de compañía. Y no necesitábamos más.

    La primera vez que oímos el ruido, no fue un sobresalto. Fue más sutil, como si alguna puerta se hubiera cerrado con una decisión que no era nuestra. Irene levantó la vista y mantuvo por un instante sus agujas suspendidas en el aire.

    -Tomaron la parte del fondo- le dije.

    No lo discutimos. Cerré la puerta del pasillo que daba a ese sector y corrí el cerrojo. A partir de entonces, la casa se redujo, pero también se volvió más intensa. Como si cada metro perdido comprimiese el aire restante.

    Pasó algún tiempo y nos adaptamos. Irene trajo sus lanas al comedor, yo organicé los libros en una sala más cercana. Rápidamente nos acostumbramos a no pensar en lo que quedaba del otro lado. Pero no era miedo, exactamente, era otra cosa, una certeza sin forma. Sentíamos que lo que fuese que estuviera allí no podía ser enfrentado.

    Los ruidos comenzaron a repetirse. A veces como pasos, otras como un murmullo que no alcanzaba a ser voz. Los ocupantes nunca intentaban pasar la puerta cerrada. No lo necesitaban. Sabían que el tiempo jugaba a su favor.

    Una noche, mientras compartíamos un mate, el sonido vino desde el otro extremo. No del fondo, sino del ala que aún creíamos segura. Irene dejó caer una madeja, que rodó lentamente hasta detenerse contra la pared, tal como si también escuchara.

    -También han tomado esto -dije, y ya no supe señalar con precisión qué era «esto».

    Nos quedamos inmóviles. La casa o, más bien, lo que nos quedaba de ella, parecía haberse encogido casi hasta nosotros mismos. Los ruidos ya no estaban lejos. Respiraban en los marcos de las puertas, en los zócalos, en el aire mismo.

    Irene se levantó y, por primera vez en mucho tiempo, no recogió su tejido. Entonces ocurrió algo extraño.

    No fue un cambio brusco, no fue un golpe ni una irrupción violenta. Fue, más bien, un temblor imperceptible en el ambiente, tal como si algo microscópico se hubiera despertado. Un olor leve, casi inexistente, empezó a filtrarse, no desagradable, sino antiguo, doméstico: polvo, lana, humedad, piel.

    Y los ruidos se detuvieron.

    Al principio pensé que era una pausa, una espera antes de avanzar. Pero el silencio que siguió no era expectante. Era vacío. Irene me miró y noté que en sus ojos tenía una expresión que no le conocía, algo cercano al asombro.

    Desde el pasillo llegó un murmullo distinto, desordenado, quebrado. No el susurro seguro de antes sino algo errático, tal como si aquello que habitaba la casa hubiera perdido cohesión. Luego, un sonido seco, como el de una caída.

    Nos acercamos con una cautela que ya no era miedo sino curiosidad. Abrí la puerta que habíamos cerrado horas, o días, atrás.

    No vimos nada. Pero el aire era otro. Más liviano. Respirable.

    Entramos.

    Las habitaciones estaban intactas, pero algo había cambiado de manera irreversible. Sobre los muebles, sobre los marcos, sobre los objetos más insignificantes se asentaba una apenas perceptible capa de vida. Polvo, bacterias, ácaros y aquello que siempre habíamos compartido sin saberlo, que nos pertenecía desde siempre.

    Comprendimos entonces -sin saber cómo- que quienes habían venido no eran de aquí, y que no estaban preparados para enfrentar lo mínimo, lo invisible, para soportar lo que siempre había estado en la casa, mucho antes que nosotros.

    Irene pasó la mano sobre una mesa y luego la miró, como si acabara de descubrir su propia piel.


  • Informe sobre un hombre devuelto

    En el invierno de 1757, cuando el frío parecía más un argumento que un fenómeno, fue llevado ante el Consejo de Magistrados de la ciudad de Brünn un hombre llamado Mathias Heller, tonelero de oficio, de temperamento dócil y reputación irreprochable, salvo por una reciente inclinación al silencio que sus vecinos juzgaban impropia de su carácter.

    El motivo de su comparecencia no era, como se dijo en un principio, una disputa comercial ni un asunto de pendencias -que son, en tiempos ordinarios, los verdaderos motores de la justicia-, sino un relato que él mismo había pronunciado en la taberna, con voz calma, sin temblores ni exaltación, y que, por esa misma sobriedad, resultó más inquietante que cualquier delirio.

    Dijo, según consta en actas, que había sido llevado al cielo. No «elevado en espíritu» como conviene a los devotos, ni «arrebatado en éxtasis» como gustan los místicos, sino llevado, con su cuerpo entero, sus botas embarradas y el olor del roble recién trabajado todavía en las manos.

    El interrogatorio comenzó al amanecer del tercer día de su detención preventiva.
    -Decid, Mathias Heller -preguntó el magistrado principal, un hombre de nariz larga y paciencia corta-, ¿en qué momento exacto comenzó vuestra supuesta elevación?

    Mathias reflexionó antes de responder, como si temiera faltar a la precisión que, según creía, le era exigida.

    -Fue después de la cena, señor. Había tomado sopa de cebada no muy caliente.

    El escribano levantó la vista de sus papeles, molesto por la irrelevancia, pero el magistrado hizo un gesto para que continuara.

    -Salí al patio -prosiguió Mathias-, porque el aire dentro era muy pesado, yentonces lo vi.

    -¿Qué visteis?
    -Una luz, señor. Pero no como la de una vela ni como la del sol, ni siquiera como la del rayo cuando cae. Era ordenada.

    Hubo un leve murmullo entre los presentes.

    -¿Ordenada? -repreguntó el magistrado.
    -Sí, señor. No temblaba, no se agitaba, era una luz que sabía lo que hacía.

    El fiscal carraspeó, visiblemente incómodo.

    -¿Y qué ocurrió luego?
    -La luz descendió -respondió Mathias- sin hacee ruido. Como si el aire no tuviera autoridad sobre ella.

    Uno de los consejeros, hombre versado en las nuevas ideas que llegaban desde Francia, intervino:

    -¿Podría tratarse de un fenómeno eléctrico? Se habla últimamente de fluidos invisibles…
    -No, señor -respondió Mathias con una convicción que sorprendió incluso a quienes dudaban de él-, si fuese un fluido se habría derramado. Esta luz no se derramaba, se posaba.

    El magistrado tomó nota mental de aquella distinción, aunque no supo bien qué hacer con ella.

    -Continuad, por favor
    -La luz se abrió -dijo Mathias- como una puerta que no necesita bisagras. Y de ella salieron unos seres.

    El silencio en la sala se volvió más espeso que el invierno exterior.

    -¿Ángeles? -preguntó alguien, casi con esperanza.

    Mathias dudó.

    -No sabría decirlo, señor. Porque no tenían alas. Y, si me permitís, parecían mucho más interesados en mí que en Dios.

    El escribano dejó de escribir por un instante, tal como si aquella frase exigiera un tipo de tinta o caligrafía distinta.

    -Describidlos, por favor -ordenó el magistrado.
    -Eran proporcionados -dijo Mathias tras una pausa-, como hombres bien hechos, pero sin la torpeza que suele acompañarnos. Sus caras no mostraban emociones pero tampoco ausencia de ellas. Era como si supieran que no era necesario demostrar nada.

    -¿Y qué hicieron con vos?
    -Me invitaron.
    -¿Invitaron?
    -Sí, señor. No me tomaron por la fuerza pero tampoco me ofrecieron elección.

    El fiscal sonrió, satisfecho de encontrar al fin una contradicción.

    -Eso es imposible, buen hombre. O bien hay elección, o bien no la hay.

    Mathias lo miró con una serenidad que, en otro contexto, habría sido considerada insolente.

    -Señor -dijo-, cuando uno está frente a algo que lo comprende mejor de lo que uno se comprende a sí mismo, la elección pierde utilidad.

    El consejero ilustrado asintió levemente, tal como si aquella frase confirmara alguna teoría que aún no había formulado del todo.

    -¿Y entonces? -insistió el magistrado-, ¿entrasteis en esa luz?
    -Sí, señor.
    -¿Y qué hallasteis dentro?
    Mathiaa cerró los ojos, no en gesto de devoción, sino de cálculo.

    -Un lugar -dijo- donde las cosas no necesitaban sostenerse para permanecer, donde las herramientas no se usaban sino que ya estaban usadas, donde el tiempo no era necesario.

    El escribano, incapaz de seguir aquel tipo de descripción, optó por escribir: «Confusión manifiesta».

    -¿Os interrogaron? – preguntó el fiscal.
    -Sí.
    -¿Sobre qué?
    -Sobre todo.
    -Sed más preciso.
    -Sobre por qué hacemos las cosas – respondió Mathias-, sobre por qué cortamos la madera de una forma y no de otra, sobre por qué creemos que sabemos lo que sabemos…

    El consejero ilustrado se inclinó hacia adelante.
    -¿Y qué respondisteis?

    Matías abrió los ojos.

    -Lo mejor que pude, señor, pero creo que no quedaron satisfechos.

    -¿Por qué lo decís?
    -Porque al final me devolvieron.

    Hubo un murmullo contenido, casi decepcionado.

    -¿Dónde aparecisteis?
    -En el mismo patio, señor. Y la sopa ya estaba fría del todo.

    El magistrado se reclinó en su silla. Durante unos instantes, nadie habló.
    Finalmente, el fiscal rompió el silencio.

    -Señores, es evidente que nos hallamos ante un caso de imaginación desordenada, posiblemente agravada por vapores digestivos. Propongo que el acusado sea liberado con una advertencia y que se le prohíba difundir relatos que puedan perturbar el orden público.

    El consejero ilustrado, sin embargo, levantó la mano.

    -Con el debido respeto -dijo-, me permito señalar que, si bien el relato carece de fundamento en nuestras actuales ciencias, presenta una coherencia interna que no es habitual en los delirios.
    -¿Insinuáis que debemos creerle? -replicó el fiscal.
    -No, señor -respondió el consejero-, insinúo que debemos reconocer que no sabemos qué hacer con él.

    El magistrado suspiró. Aquella, pensó, era siempre la peor de las situaciones.

    Se volvió entonces hacia Mathias.

    -Decidme una última cosa -dijo-. Si esos seres regresaran, ¿irías con ellos otra vez?

    Mathias no respondió de inmediato. Miró sus manos, aún ásperas, aún humanas.

    -No lo sé, señor -dijo al fin-, allí todo era tan claro que uno dejaba de hacerse preguntas. Y, sin preguntas… -se detuvo.
    -¿Sí?
    -Sin preguntas -concluyó-, no estoy seguro de que valga la pena entender nada.

    El magistrado cerró el expediente.
    Mathias Heller fue liberado esa misma tarde. Volvió a su taller, retomó su oficio y, según testimonio de quienes lo conocieron, nunca volvió a hablar del asunto. Sin embargo, durante los meses siguientes, varios vecinos aseguraron haberlo visto salir al patio con un cuenco de sopa en las manos, esperar en silencio, y dejarla enfriar sin probarla. Como si aguardara, con una paciencia que no era de este mundo, que algo -o alguien- volviera a demostrarle que el universo, incluso en 1757, podía permitirse el lujo de no explicarse.


  • A las seis en punto, como todos los días – aunque nadie podría precisar para qué se mide la hora en un lugar donde nada ocurre-, el jefe de la cuadrilla ordenó abrir la puerta de la caseta. No por necesidad sino, más bien, por costumbre. El aire de la mañana debía entrar con la misma solemnidad con la que ellos habían aprendido a salir corriendo cuando el mundo, finalmente, decidiera arder.

    La estación no tenía un nombre visible. Lo había tenido, sin duda, en alguna época en la que los trenes se detenían allí para algo más que exhalar. Pero ahora, la pintura descascarada ofrecía apenas una inicial, una letra que cada uno de los bomberos interpretaba según su conveniencia.

    M de milagro, decía uno. T de tragedia, corregía otro. Ninguno se ponía de acuerdo, lo cual era saludable para la moral porque les daba espacio para ocupar la mente cuando necesitaban amainar la ansiedad.

    A un costado, en medio de la nada, la vieja locomotora de vapor descansaba con una dignidad fatigada, tal como si fuese un animal anacrónico al que ya nadie le exige nada pero que insiste en respirar por disciplina.

    No tenía vagones, nunca los tenía, pero eso no impedía que todos la miraran con el respeto que se le debe a lo que podría, en cualquier momento, incendiarse.

    -Hoy sí -dijo el más joven, ajustándose la chaqueta antes de tiempo con el mismo entusiasmo del primer día y que aún no había aprendido a disimular.

    El jefe no respondió. Observaba el entorno con una atención que podría confundirse con la esperanza si no fuese porque llevaba años practicando ese gesto sin resultado alguno.

    A las siete, uno de ellos sacó la campana y la colgó del clavo habitual, verificando que el badajo respondiera con la gravedad necesaria. La probaron tres veces, y las tres veces el sonido se expandió sobre el universo con una importancia que no encontraba destinatario.

    -Funciona bien -dictaminó el jefe.
    -Es una campana muy buena -agregó otro, con una leve sonrisa que nadie registró como tal.

    A las ocho de la mañana comenzaron los preparativos. Pero no porque hubiera señales sino porque era imprescindible estar preparados antes de cualquier eventualidad, incluso de aquellas que jamás habían ocurrido.

    Abrieron las canillas con una parsimonia casi ceremonial, dejando que el agua corriera un instante de más, tal como si debiera purgarse de cualquier duda antes de ser útil. Y llenaron todos los baldes con cuidado, evitando que rebosaran en exceso -la urgencia también tiene sus formas-, alineándolos junto a la puerta en un orden que había sido objeto de discusiones largas y silenciosas.

    Uno de ellos, el más meticuloso, revisó las costuras de su chaqueta como si en ellas se jugara el destino de la jornada. Otro practicó el gesto de tomar el balde y salir corriendo, pero sin llegar a dar el primer paso, porque eso habría sido precipitado.

    A las nueve, la máquina exhaló un vapor más denso que de costumbre.

    -¿Lo ven? -susurró alguien, sin atreverse a elevar la voz todavía.

    Nadie quiso confirmar. Había un protocolo implícito: no apresurar la catástrofe.

    A las nueve y diez, el vapor persistía.

    -Podría ser, podría ser… -dijo el jefe, con una cautela que hacía honor a su cargo.

    El más joven ya tenía la chaqueta abotonada. Sudaba, pero no por el calor, que era moderado, sino por la inminencia de lo que, finalmente, estaba a punto de justificar su existencia.

    A las nueve y cuarto, el jefe levantó la mano.

    -Ahora.

    Hizo sonar la campana con una convicción que sorprendió incluso a quien esperaba el tañido, y los gritos estallaron en el aire, atropellándose unos a otros:

    -¡Se incendia el tren!
    -¡Fuego!
    -¡Al tren! ¡Al tren!

    Corrieron más desordenados que desesperados. Cada uno con su balde, que oscilaba con una gravedad heroica, y las chaquetas, pesadas, acompañaban el movimiento con una resistencia que hacía más meritorio cada paso. El más veterano trastabilló, levemente, pero logró mantener la cadencia sin derramar el agua, lo cual fue considerado en ese instante como un signo de gran profesionalismo.

    Llegaron a la locomotora. El vapor seguía allí, indiferente a su entusiasmo.
    Se miraron.

    -Es humo – dijo uno, con una convicción que no admitía matices.
    -No -respondió otro-. Es vapor.

    El jefe se acercó un poco más, lo suficiente como para que el calor le rozara la cara.

    -Es vapor -concluyó, finalmente, con una autoridad que no dejaba lugar a apelaciones.

    Nadie habló durante unos segundos. El más joven sostenía el balde con ambas manos, como si aún pudiera ser útil.

    -Bueno -dijo alguien-, mejor así.

    Asintieron. Era importante que alguien lo dijera.

    Ya nadie dijo nada más y regresaron en fila, con los baldes aún llenos y las chaquetas pesando más que antes, tal como si hubieran absorbido la decepción.

    Ya dentro de la casilla, se sentaron. Nadie se quitó la chaqueta de inmediato, había una dignidad en sostener el peso un poco más, tal como si el cuerpo necesitase procesar lo ocurrido.

    -Otro día será -dijo el jefe, sin énfasis.
    -Sí -respondieron, casi al unísono, con una serenidad que podría confundirse con la resignación si no fuera porque en ella latía, intacta, la expectativa.

    A las diez de la mañana, el vapor de la máquina volvió a hacerse visible. Nadie dijo nada, pero todos miraron.


  • Cierro mis ojos y la veo. Y veo algo que no se deja mirar sin resistencia, tal como si mi mirada tuviese que aprender a retirarse un poco, a no invadirla, a no decantar un sentido allí donde todavía no lo hay, o donde lo hay pero en una forma que no admite ser dicha de una sola vez.

    Cierro mis ojos y aparece con un estar que es mucho más que una presencia. Más bien, es una una suerte de acuerdo inestable entre su cuerpo y el mundo, como una tregua que se renueva a cada instante y que, por eso mismo, nunca es del todo segura.

    Cierro mis ojos y noto que su sonrisa no es lo que parece. Pero no porque oculte algo sino porque lo excede todo, porque va más allá, desplegando una curvatura que me recuerda, de manera casi automática, a aquellos armónicos lejanos con los que Mahler abre su primera sinfonía, armónicos que no afirman nada, que no prometen nada y que sugieren que algo podría comenzaren cualquier momento, o incluso que tal vez ya comenzó hace tiempo y uno siempre llega tarde. Porque eaa sonrisa funciona así. No inaugura, no cierra, no explica sino que permanece. Con una permanencia que denota una fisura, una ruptura, una muy leve desincronía con lo que se espera de una sonrisa cualquiera, tal como si hubiese sido creada no para mostrarse sino para sostener algo que, de otro modo, se derramaría por todos lados.

    Cierro mis ojos y veo su cabeza coronada con flores, formas que se elevan y se sostienen sobre una lógica que no es del todo orgánica ni del todo artificial, que no organiza ni jerarquiza, pero que desborda en silencio. Y hay en ese ornamento una proliferación que no termina de resolverse, tal como si cada elemento dudara de su propio lugar. Sin embargo, ninguno cae. Como la suspensión obsesiva de los retardos del adagietto, allá donde la música siempre llega luego, creciendo desde lo que no está y construyendo una continuidad que no depende de la puntualidad. Pues sí, ella también parece llegar siempre un instante después de sí misma, tal como si el presente le resultara un territorio ligeramente inhóspito que debe ser atravesado siempre con cautela.

    Cierro mis ojos y veo sus ojos cerrados, o casi, pero no en son de descanso sino de administración. Porque mirar hacia adentro es, en ella, un acto activo, una manera de reducir la intensidad de lo que irrumpe, una forma de modular los golpes de un mundo que no negocia el volumen. Allí no hay huida pero tampoco entrega. Hay cálculo, pero no tanto en el sentido frío de la estrategia sino en el más elemental: hasta cuándo se puede entrar y cuánto debe quedar afuera para que el interior no se fracture. Veo allí una operación continua, silenciosa, siempre invisible para quien mira sin saber pero decisiva para quien la habita.

    Cierro los ojos y siento sus ropas en movimiento, introduciendo una discordia que nunca se convierte en conflicto. Prendas que se desplazan con una energía que parece exceder al cuerpo que las porta, como si fuesen la traducción visible de algo discrónico y que no encuentra otra vía. Ahí asoma, apenas, la vehemencoai contenida de la segunda sinfonía, esa insistencia en avanzar aún si no hay garantías de resolución. Pero incluso en ese gesto hay contención pues nada estalla del todo, nada se entrega completamente a su propia inercia, y todo queda, de algún modo, retenido en el umbral.

    Cierro mis ojos y noto que es en ese umbral donde ella parece vivir. No dentro, ni fuera. No en la calma ni en la tormenta, sino en la franja donde ambas se tocan sin mezclarse. Hay días en los que esa posición es insoportable, demasiado expuesta para el recogimiento pero demasiado retirada para la intemperie. Y, sin embargo, es ahí donde su forma de estar encuentra su verdad, ya no como elección sino como condición.

    Cierro mis ojos y la amo. Y amar aquí no es una expansión sino una contracción, un volverse más preciso, más atento a lo que no necesita decirse, aprendiendo a no completar lo que falta y, sobre todo, a no interpretar de más. Porque lo que en otros sería silencio, en ella es densidad, lo que en otros parecería vacío, en ella es saturación. Hay en ese interior una acumulación de matices que no se ordenan según la lógica común, una polifonía con voces que no buscan coincidir. Tal cono en aquellas disonancias en las que la contralto se obstina en mantener una línea que el coro no resuelve y, sin embargo, ambos persisten, no para reconciliarse sino para coexistir en esa tensión que no pide alivio sino que lo fabrica ex profeso.

    Cierro mis ojos y siento sus miedos -¡craso error pensarlos como obstáculos! y temores que funcionan a modo de sensores, superficies de contacto con lo que duele demasiado pronto o demasiado fuerte. Pero que no la detienen sino qie la obligan a un tipo de atención que otras personas no necesitan. Y esa atención, sostenida en el tiempo, se vuelve una forma de fortaleza que no se exhibe porque no sabe cómo, o porque no le interesa. Pero no hay épica en eso. Hay desgaste, hay insistencia, hay una continuidad que no se celebra porque no tiene pausa.

    Cierro mis ojos y la escucho. Como la octava, esa desmesura que parece querer abarcarlo todo pero termina siendo solo una sombra lejana, casi irónica. Porque si hay algo que en ella no ocurre es la expansión indiscriminada. Su modo de estar tiende, por lo contrario, a delimitar, a filtrar, a decidir (muchas veces sin palabra) qué puede ser sostenido y qué no. Y en esa economía hay una ética que no se declara sino que se ejerce, y que se. materializa día a día en sus apuntes.

    Cierro los ojos y descubro que amarla, entonces, no es acompañarla un recorrido claro ni esperar una resolución. Es aceptar que no hay una síntesis final, que no habrá un momento en que todas las líneas se alineen y produzcan una claridad tranquilizadora. se trata, más bien, de permanecer en esa zona de ambigüedad donde cada gesto puede ser leído de más de una manera, donde cada silencio contiene múltiples posibilidades y donde ninguna se impone. Y quedarse ahí, sin traducir, sin reducir, sin exigir coherencia donde no tiene por qué haberla, es lo más cercano a una forma de verdad que solo se puede alcanzar con ella. No una verdad luminosa ni una revelación, sino algo más opaco y, por eso mismo, más resistente: la certeza de que su manera de ser en el mundo no necesita ser corregida para ser amada, ni comprendida del todo para ser acompañada.

    Abro mis ojos y comprendo que ella me ha enseñado a no forzar una resolución donde hay ub proceso, a no buscar una consonancia allí donde la disonancia no es un error sino una condición.

    Como en Mahler, sí, pero sin la promesa de redención final. Solo la persistencia, ese mantenerse en un frágil equilibrio que nunca se estabiliza, pero que jamás se rompe.


  • Todavía me despierto antes del amanecer Todos los días.

    Pero no por obligación, porque no hay dioses que me esperen, héroes que me invoquen ni amantes que me rueguen en silencio. Me despierto por costumbre, como si algo en mí siguiera creyendo que el mundo depende de que yo llegue a tiempo.

    Me siento en la cama, en ese breve instante suspendido donde mi cuerpo aún no recuerda del todo su edad, y por un segundo, o incluso menos, vuelvo a sentir mi antigua ligereza. Aquella ligereza de cuando corría sin peso. Y no es una metáfora pues verdaderamente no había peso. El aire no era un obstáculo sino un aliado. Atravesaba cielos, montañas, mares, puertas cerradas y hasta voluntades dudosas.

    Por entonces no llevaba mensajes. Yo era el mensaje. Era el tránsito mismo.

    Y recuerdo las manos. Manos temblorosas que esperaban una respuesta. U ojos que se encendían cuando yo aparecía. No importaba si yo llevaba guerra o consuelo, traición o promesa, mi presencia ordenaba el mundo por un instante y cerraba circuitos invisibles entre destinos que no sabían que se necesitaban.

    También estaba la noche, pues las madrugadas eran todas mías. Nadie más las entendía. Amparaba a quienes se buscaban en secreto, a los que cruzaban ciudades en silencio, a quienes no podían o no debían amar bajo la luz. Abría caminos allí donde no los había, con una mirada, un gesto o una señal mínima, y todo encontraba su cauce.

    Y sí, también estaban los otros. Los pequeños. Los torpes. Aquellos que robaban gallinas pero no por hambre sino por una especie de torpeza vital, una necesidad absurda de desobedecer. Me gustaban porque había en esos tramposos algo honesto. No sabían por qué hacían lo que hacían, pero lo hacían igual. Y yo los protegía, claro, aunque no por justicia sino por afinidad.

    Eso era necesario. Yo era necesario. Todo era necesario.

    Había una trama, una red invisible donde cada gesto tenía consecuencias, donde cada mensaje podía torcer un destino. Yo no era importante. Era imprescindible.

    Ahora, ahora me pongo el casco.

    Tiene un rayón en el lado izquierdo. No recuerdo cuándo apareció. Y la motito arranca con un sonido cansado, como si dudara de sí misma. A veces yo también dudo. Cargo la alforja. De nylon. Liviana. Ridículamente liviana.

    Antes llevaba palabras que podían iniciar guerras. Ahora llevo objetos que nadie necesita y que, sin embargo, alguien espera con una ansiedad que no logro comprender. Cosas pequeñas, envueltas en plástico, promesas de algo que jamás termina de llegar. Y toco timbres.

    -¿Paquete?

    Siempre es la misma palabra. Nunca es «mensaje», nunca es «noticia», nunca es «cuidado».

    -Paquete.

    Las manos siguen temblando, pero no es lo mismo. No hay transformación en la mirada, sino una especie de descarga breve, tal como si la espera misma fuese el único contenido. Abren, miran, asienten. Y a otra cosa.

    Yo también.

    Sigo mi recorrido. Semáforos, bocinas, calles que no llevan a ningún lado. Ya no hay trayectorias, solo el recorrido. Ya no hay destinos, solo direcciones.

    Y algunas poquísimas veces, en una esquina random, cuando el sol cae en cierto ángulo, siento algo. Una temblor mínimo en mis tobillos, un recuerdo del viento antiguo.

    Me quedo quieto un segundo más de lo necesario pero la gente se impacienta. Tocan bocina. No entienden.

    Yo tampoco entiendo del todo, pero sé que eso está ahí. Como un eco.

    No es nostalgia porque la nostalgia embellece y esto no es bello. Es otra cosa. Es persistencia. Tal como si el mundo hubiera cambiado de lenguaje más no de estructura, y yo fuera ahora un traductor que dejó de reconocer las palabras pero que aún intuye la gramática.

    Y sigo entregando los paquetes.

    No sé si alguien lo comprenderá. Tampoco me importa demasiado. Porque, si bien mi tarea no terminó, se volvió irreconocible.

    Sin embargo, quiero creer que estos objetos absurdos, innecesarios, también transportan algo. No lo veo. No lo entiendo pero algo debe haber. Tiene que haberlo. Porque si no, ¿por qué sigo despertando antes del amanecer?


  • Hay momentos -muy pocos- en los que el mundo deja de estar hecho de cosas separadas.

    No ocurren cuando los busco y no llegan con esfuerzo, ni con voluntad. Llegan, más bien, cuando algo muy interior cede. Tal como si una puerta que nunca supimos que estaba ahí se abriera, apenas, y apenas bastara con eso. Una puerta que se abre.

    Al principio no es más que una sospecha. Mi arco roza la cuerda y el sonido no parece salir del violín sino de un lugar anterior, interior, más hondo. Los dedos no buscan las notas pues ya están ahí. Sin corrección, sin cálculo. El tiempo, ese metrónomo invisible que cuantiza todo lo que pueda medirse, deja de contar. Y entonces ocurre eso.

    Ya no estoy tocando. La música se está tocando a sí misma y yo soy eso. No hay un yo sosteniendo el arco, como no hay arco, ni cuerda, ni nota. Hay solo una continuidad, una respiración larga, indivisible. Algo que se despliega sin preguntarse qué es.

    Después la ruta, la noche. El haz de luz de mi moto recorta el asfalto tal como si fuese un río que se deja ver solo por donde pasa la Luna. Las líneas blancas del pavimento ya no marcan carriles. Son pulsos, latidos, una guía que no necesita ser entendida. No pienso en la curva, no decido inclinar, no calculo la velocidad. Estoy en la curva antes incluso de saber que la curva, la moto y yo existíamos.

    La moto no pesa. O, mejor dicho, no hay nada que pesar porque no hay separación entre mi cuerpo y la máquina. Ni entre mi máquina y la oscuridad. Ni entre la oscuridad y el cielo, bajo, cargado de estrellas, un cielo que no está arriba sino alrededor. Entonces comprendo, sin palabras, sin pensamiento que no estoy atravesando la noche. Soy la noche moviéndose.

    Al otro día el campo abierto. Ulysses, mi caballo, respira. O tal vez soy yo quien respira en cuatro patas. No pisamos el suelo, lo continuamos, sin órdenes, sin riendas tensas que indiquen nada. Hay allí una inteligencia antigua, compartida, que sabe antes de saber.

    El viento no golpea mi cara, la dibuja. Y por primera vez, por única vez, no hay nadie mirando la escena desde afuera. No hay ningún narrador. No hay ningún testigo. No hay ninguna historia que contar más tarde porque no hay después.

    Y eso es lo que me desconcierta. Porque esos son instantes en los que no hay experiencia, en los que no hay registro. Pero no lo hay porque no hay nadie que lo tenga. Ni siquiera yo. Sin embargo, todo está más intensamente presente que nunca.

    No importa el nombre. Puede ser Zen, puede ser Mushin, puede ser una mente que no se detiene a pensar ni siquiera en sí misma. Y no importa porque los nombres siempre llegan tarde. Llegan cuando ya salimos de ahí, cuando la puerta se ha cerrado suavemente y volvemos a ser quienes queremos recordar, quienes intentamos poner en palabras qué fue lo que sucedió, qué fue lo que hemos hecho.

    Pero lo que queda, lo que verdaderamente queda, no es el recuerdo sino una certeza sin forma, algo que trasciende un instante excepcional. Algo que siempre está y que, por alguna razón que jamás comprenderé, siempre se nos pasa por alto.


  • Durante mucho tiempo creí que el problema era encontrar mi lugar. Luego entendí que el problema era que me pedían que lo hiciera en una línea, y más tarde descubrí que un cubo podría ser más preciso. Allí, por primera vez sentí alivio pues ya no tenía que elegir entre extremos y podía darme el lujo de existir en combinaciones. En una matriz (hermoso nombre) de combinaciones.

    Pero incluso ese cubo empezó a quedarme chico, y no porque fuera incorrecto, sino porque tenía bordes, aristas, filos. Y yo, ciertamente, nunca fui amigo de los bordes.

    Entonces dejé de pensar en figuras y empecé a pensar en trazas. Pero ya no como líneas dibujadas sino como huellas en un espacio que jamás termino de conocer.

    En él, cada traza es una forma en la que el mundo me atraviesa. Pero también es una forma en la que el mundo resuena en mí.

    Por cierto, no todo lo que me define se deja medir. Algunas cosas, por ejemplo, se escuchan. Hay intensidades, sí, pero también hay timbres, texturas, resonancias, disonancias, silencios…

    Durante mucho creí que esas trazas eran variaciones de una misma cosa pero ahora sospecho con firmeza que no, que cada una es un eje.

    Pero no se trata de ejes tales como los de un gráfico escolar, rígidos y numerados, sino ejes que también podrían pensarse como parámetros de una escucha que aún no sé formalizar, ejes que aparecen cuando algo duele, o cuando algo encaja con una perfección inexplicable. O incluso cuando el lenguaje no alcanza y, sin embargo, algo insiste en ser dicho.

    Si tuviera que imaginarlo -realmente no puedo hacer otra cosa más que imaginarlo-, diría que no habito un espacio. Diría que habito EL espacio. Ese espacio que no es un contenedor sino, más bien, un acontecimiento.

    Un espacio en expansión, pero no metafórica sino estructuralmente, donde a veces ocurre algo semejante a una supernova, esto es, una experiencia que irrumpe, colapsa lo que había, y cuya destrucción crea elementos nuevos que antes no existían en mí.

    Un espacio donde ciertas regularidades, tal como cefeidas íntimas, me permiten de tanto en tanto estimar distancias y cuantificar cuánto me alejé de quien fui, o cuánto ha pasado entre un yo y otro.

    Un espacio atravesado de campos que no veo, pero con efectos innegables, energías que, al decaer, se vuelven materia en forma de hábitos, respuestas y defensas.

    Un espacio en el que algunas vibraciones no solo atraviesan, sino que dan masa, densifican una emoción, vuelven ineludible una percepción y fijan cada traza.

    Y un espacio donde también hay entidades mucho más extrañas: Experiencias como fotones,  sin interior, sin reposo e imposibles de detener pero, sin embargo, persistentes, viajando intactas a través del tiempo, atravesándome una y otra vez sin perderse.

    También hay regiones enteras que aún no logro cartografiar, materia oscura que no sé nombrar pero cuya gravedad organiza mis movimientos, y energía oscura que empuja silenciosamente todo hacia afuera y que expande el espacio mismo en el que existo, incluso cuando no lo comprendo.

    En fin, ya no soy un punto en una línea ni un segmento en un cubo. Ni siquiera soy un instante en un espacio. Mi universo es una configuración de trazas dentro el espacio, en expansión, una suerte de acorde imposible de fijar del todo, una superposición de estados que no siempre resuelven pero que sin embargo son. Y lo más desconcertante es que ese espacio no es fijo, no cambia dentro de mí sino que cambia conmigo (o yo con él, en una relación que ya no sé separar).

    Algunos días descubro un eje nuevo, una forma distinta de saturación, una sensibilidad que no sabía que tenía, una manera inédita de desbordarme o de encontrar calma, tal como si apareciera una nueva constante o como si una región antes oscura empezara a emitir. Y entonces todo se reconfigura. Pero no porque yo haya cambiado sino porque, entonces, tengo más universo para existir.

    Tal vez eso sea, ciertamente, el espectro. No una línea, no una escala, no un volumen, ni siquiera un espacio en el sentido habitual sino un intento siempre incompleto de cartografiar un universo cuya expansión excede cualquier modelo que intentemos imponerle, un universo que no solo se mide ni solo se escucha sino que, además, se transforma.

    Y por eso duele cuando me reducen, cuando nos reducen. No se trata simplemente de un error conceptual sino de una amputación de la justicia. Porque cada simplificación borra dimensiones y cada dimensión borrada es una traza que deja de poder ser leída, una frecuencia que deja de poder ser oída o una región entera que vuelve a quedar en la oscuridad.

    No deseo que me ubiquen. Por el contrario, quiero que acepten que todavía nadie sabe en qué universo estamos y que, en todo caso, lo más honesto que podemos hacer no es medirlo. Pero no porque no tengamos herramientas suficientes como para hacerlo sino porque no se puede medir algo sin intervenirlo.

    Cada intento de fraccionar en unidades registrables aquello que somos, cada esfuerzo por cuantificar nuestras trazas, las cambia sustancialmente. Y así, observar siempre implicará modificar y toda medición será también, siempre, una forma de desplazamiento.

    Explorar tal espacio nos exige aceptar que nunca habrá un mapa definitivo, que toda referencia será provisoria y que cualquier coordenada cambiará en el instante en que la nombremos. Debemos aceptar la incertidumbre, pero ya no como un problema a resolver sino como la única forma honesta de permanecer. Y entonces, lo más cercano a comprendernos será habitar esa incertidumbre.

    Sin reducirla.


  • o cómo descubrí que viví toda una vida con un fantasma.

    Hoy, a mis cincuenta y siete años -sí, cincuenta y siete-, abrí un expediente oficial y me encontré con que todo lo que creía saber de mi nombre era, digamos, una licencia poética que mi cerebro había autorizado sin consultar al Estado: mi Cédula de Identidad decía Sebastian, sin tilde, mientras yo, con un orgullo casi artístico, siempre he sido Sebastián. Y sa tilde no había sido una simple rayita. De hecho, había sido, para mí, una diacrítica de identidad, una marca de acento existencial que me acompañó en etiquetas, contratos, firmas, saludos y hasta en mis silencios interiores.

    Y no pude evitar pensar. ¿Soy Sebastián porque así me nombraron, me nominaron, mi familia, mis amigos y el universo afectivo en el que crecí (esa constelación de afectos que me respaldan y celebran), o soy Sebastian porque un funcionario, hace tanto, pensó que mi partida de nacimiento no necesitaba una rayita encima de la a?

    O, lo que viene a ser lo mismo, ¿es mi nombre algo que se hace cada vez que se pronuncia, o algo que soy, incluso cuando nadie lo sabe todavía?

    En teoría de la identidad, perdón, en mi teoría de la identidad, donde mezclo impúnemente lenguaje, filosofía y actos performativos, supongo que muchas identidades resultan, más que esencias fijas, actos repetidos, formas que emergen en la reiteración, allí donde los discursos sociales nos citan y nos reconocen. Pero si aplico esto a mi caso, caigo inevitablemente en una especie de loop existencial: ¿Sebastian era una especie de potencial latente, un nombre que existía en alguna superposición cuántica de mi partida y mi autopercepción, esperando colapsar en una forma concreta cuando alguien (legalmente autorizado o no) le pusiera boca o tinta? ¿O, por el contrario, era yo quien hablaba mi propio nombre, con tilde desde siempre, haciendo realidad una identidad que los papeles simplemente ignoraron?

    Es tentador decir (y lo confieso: me río cuando lo pienso) que tal vez haya vivido, sin notarlo, en una especie de realidad alternativa tildeada, tal como si hubiera estado habitando una versión más expresiva de mí mismo, en la que cada acento gráfico era un signo de rebelión poética contra la estandarización. Pero también podría decir lo contrario: que mi nombre, tal como figura en la partida de nacimiento, fue una suerte de nombre constitucional que me precedió sin que yo lo supiese, y que todo este tiempo fui Sebastian sin enterarme, actuando como si fuera Sebastián solo porque así sonaba mejor a mi oído emocional.

    Y aquí me aparece la parte más curiosa de todo esto: cada vez que alguien me llame Sebastian, ahora, ese acto será un pequeño acto de habla que reconstruirá mi identidad en tiempo real. Es decir, cada nominación, cada publicación, cada anuncio de entrada en una sala donde digan mi nombre, sin tilde, estará haciendo algo más que, simplemente, describiéndome. Y en ese sentido, a partir de hoy tengo realmente dos nombres coexistiendo, tal como si fueran dos vecindades semánticas: Sebastián con tilde, que es el nombre que yo sé que soy (la vida larga de todas mis memorias y todas las veces que algunos labios pronunciaron esa rayita), y Sebastian sin tilde, el nombre que aparece en el pergamino oficial, la forma canonizada por la tinta burocrática.

    ¿Cuál de los dos es más yo? ¿Cuál es más verdadero? La respuesta podría ser un chiste interno, pero podría ser también una reflexión seria sobre cómo la performatividad (la repetición de actos de lenguaje y reconocimiento social) realmente hace que algo exista como identidad más allá de cualquier documento o categoría establecida.

    Así que sí: puedo decir con total autoridad y absoluta solemnidad que fui Sebastian sin saberlo y, al mismo tiempo, fui Sebastián, con tilde, desde siempre. Y que eso sea la historia de mi propio nombre (una especie de diálogo continuo entre cómo me nombra el mundo, cómo me nombro yo, y cómo ese nombramiento construye mi identidad) no es un mero accidente lingüístico sino uno de esos pequeños choques entre papel, boca y cerebro que nos recuerdan que nada de lo que somos está simplemente dado, sino que se construye, se actúa y se repite.

    Y queda, ahora, una última reflexión que deseo explicitar, una especie de juramento vital para lo que viene a partir de esta revelación: en el futuro, prometo vivir mis nombres (Sebastian, Sebastián o cualquier otra articulación que el gesto de nombrarme produzca) como identidades fluidas, móviles y abiertas, suspendidas en un espectro más que encasilladas en una rigidez binaria señalada por la presencia o ausencia de la tilde. E imagino ese espectro como un conjunto de posibles estados cuánticos, cada uno con su propio nivel de energía y de probabilidad (más que un abanico fijo de opciones, como una superposición de existencias potenciales hasta que una situación, un acto de nominación o una percepción concreta lo materialice).

    Así, mi nombre no será ya un valor único y definido sino una función de onda identitaria, cuya amplitud dependerá del acto de hablarlo, de inscribirlo, de reconocerlo o de jugar con él, aceptando así que mi identidad nominal (al igual que mi identidad en general) será un proceso y no un producto, un continuo espectral de posibilidades y actualizaciones en vez de una entidad inmutable, sin negar o borrar ninguno de los nombres que he vivido sino desplegándolos en un espacio de resonancias posibles, donde cada pronunciación, cada escritura y cada reconocimiento volverán a hacerme y deshacerme para volver a hacerme otra vez.


  • Allí no había ninguna puerta, solo una hendidura en la oscuridad, tal como si la noche hubiese sido doblada sobre sí misma.

    Hécate no llegó, ya estaba. Y Cerbero tampoco aguardaba, él simplemente era.

    Durante un tiempo que no podría medirse, no hablaron. Solo se miraron, hasta que Cerbero quebró el silencio.

    Dicen que guardo.

    Hécate tardó en responderde. La Luna, si hubiese habido alguna luna, habría estado en sus tres edades simultáneamente.

    -¿Guardas? -preguntó al fin-, ¿o impides?
    Eso dicen -asintió Cerbero-, que impido los regresos.
    -¿Y puedes hacerlo?

    Hubo algo parecido a una vibración, tal como si tres suspiros entrecortados se superpusieran.

    No muerdo a quien vuelve -dijo-, no es necesario

    Hécate apenas inclinó su rostro triple.

    Entonces no eres un guardián

    Cerbero tardó en entender esa frase. De todas formas, entender no era una categoría útil allí.

    Fui puesto para eso.
    No, fuiste narrado para eso

    El silencio se volvió más denso, pero no pesado. Tal como si algo estuviera recordándose a sí mismo.

    Tú abrías –dijo Cerbero, –abrías caminos, cruces, fases. Todas las mujeres te invocaban cuando la sangre les marcaba el tiempo. Y los viajeros cuando la noche no tenía centro.

    Yo no abría -le corrigió Hécate suavemente-, yo era el cruce

    Cerbero percibió que esa diferencia era importante, aunque no entendía todavía por qué.

    En tus tiempos -le dijo-, había regreso.
    Había tránsito.
    -¿No es lo mismo?
    No

    La palabra cayó dura, sin eco.

    Tránsito no es retorno. El retorno supone que el punto de partida, el inicio permanece intacto. Pero en el tránsito, quien cruza ya no coincide más consigo mismo

    Cerbero guardó esa frase como si fuera un hueso antiguo.

    Entonces yo no niego el retorno -dijo, convenciéndose de lo que decía, –solo lo hago evidente

    Hécate lo miró o, mejor dicho, miró a través de él.

    -¿Qué crees que ocurre cuando alguien atraviesa este pliegue?
    Desciende.
    Eso dicen los relatos solares.
    Muere.
    Es lo que dicen los vivos

    Cerbero sintió que algo en sus tres cabezas empezaba a desarmarse. Pero no era dolor, era comprensión.

    No regresan -murmuró, dudando si era afirmación o pregunta.
    Pero no porque tú lo impidas

    La oscuridad se plegó un poco más.

    No regresan -repitió él, ya más seguro- pues no tienen, no hay a dónde regresar.

    Hécate no sonrió pero el espacio se expandió, se hizo mucho más amplio.

    Cuando el mundo aprendió a nombrar la causa del nacimiento -dijo ella- creyó haber conquistado el misterio. Creyó que el tiempo era línea, que toda salida exigía entrada y que toda entrada se implicaba una salida.

    Y yo quedé como perro -dijo Cerbero, pero sin que allí hubiese un reproche.

    Quedaste como figura.
    Tricéfalo, como tú.
    Tres veces no

    Cerbero sintió que esa frase lo atravesaba como si hubiera estado esperándola desde siempre.

    Antes, el tres era fase –dijo lentamente-, crecimiento, plenitud y decrecimiento.
    Ahora es clausura -completó Hécate-, ya no hay fases aquí, ya no hay ciclos, no hay primavera que emerja de este lugar

    El nombre de Perséfone flotó sin pronunciarse.

    Ella va y viene -objetó Cerbero.
    Va -corrigió Hécate.

    El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

    Entonces el regreso es un malentendido -dijo Cerbero.
    Una nostalgia del orden solar.
    Una ilusión necesaria para quienes viven en la superficie

    Cerbero percibió entonces algo que nunca había considerado:

    No soy carcelero.
    No.
    Tampoco soy amenaza.
    No.
    Soy la evidencia de que el misterio no admite simetría

    Hécate guardó esa frase con cuidado.

    El misterio no se repite -dijo ella-, el misterio se atraviesa.
    Y al atravesarlo
    Se pierde el mapa.
    Se pierde el nombre.
    Se pierde la posibilidad de contar la experiencia

    Cerbero entendió entonces por qué Orfeo había fallado, incluso al triunfar. Por qué la miel no era engaño sino concesión narrativa.

    Fui domesticado por el relato -agregó.
    Como el grifo -añadió Hécate.

    El recuerdo del león con cabeza de águila surgió como un fósil dorado.

    Él custodiaba el oro -dijo Cerbero.
    Custodiaba lo que entonces emanaba sin propiedad.
    Fue reducción.
    No, fue administración del límite.

    Cerbero percibió el parentesco.

    -¿Yo soy la última reducción? – susurró.
    Eres el resto irreductible.
    -¿Pero cuál es la diferencia?

    Hécate tardó en responder.

    La reducción puede revertirse, el resto no.

    Cerbero comprendió ahí que no era, entonces, un instrumento del patriarcado ni su criatura final. Era su fisura.

    Si alguien pudiera regresar -dijo-, el mundo seguiría creyendo que todo misterio es reversible.

    Y no lo es.
    Entonces más que impedir el regreso, lo imposibilito.
    No, mi querido hijo -dijo Hécate con una claridad que no necesitaba luz-, lo revelas imposible. La diferencia es mínima. Y total…

    Las tres cabezas dejaron, por fin, de vigilar. Y no porque cerraran sus ojos sino porque ya no había nada que observar.

    No soy perro -dijo finalmente Cerbero.
    No.
    Tampoco soy un monstruo.
    Nunca lo fuiste.
    No soy guardián.

    Hécate se aproximó, como si aproximarse fuera un verbo que aún significara algo.

    Eres el mismo pliegue -dijo con el amor maternal de la eternidad.

    La palabra no era metáfora, era descubrimiento, y Cerbero ya no sintió el peso en sus bocas. Las cabezas eran insistencias, tres veces la misma verdad.

    No hay regreso porque no hay origen intacto -murmuró.
    Y no hay origen intacto porque el misterio no es punto de partida -se apresuró a concluir Hécate-, es lo que queda cuando todo punto se disuelve.

    Por un instante, si es que hubo algún instante, el mundo superior, con su sol y sus genealogías, pareció lejano, casi ingenuo.

    -¿Qué pasa, entonces, con Hades? – preguntó Cerbero, como un niño que no entiende algo.

    Hécate respondió sin solemnidad.


    Hades aprendió.
    -¿A renunciar?
    A no traducir.

    El pliegue se cerró un poco más, pero no como puerta sijo como respiración que no vuelve a exhalar lo mismo. Cerbero comprendió entonces que jamás había sido colocado allí para castigar sino porque alguien debía sostener la verdad final. Y, al comprenderlo, dejó de ser criatura. Se volvió condición.

    Hécate no lo bendijo. No era necesario. El descubrimiento había sido mutuo. Y maravilloso.