S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí


  • Cierro mis ojos y la veo. Y veo algo que no se deja mirar sin resistencia, tal como si mi mirada tuviese que aprender a retirarse un poco, a no invadirla, a no decantar un sentido allí donde todavía no lo hay, o donde lo hay pero en una forma que no admite ser dicha de una sola vez.

    Cierro mis ojos y aparece con un estar que es mucho más que una presencia. Más bien, es una una suerte de acuerdo inestable entre su cuerpo y el mundo, como una tregua que se renueva a cada instante y que, por eso mismo, nunca es del todo segura.

    Cierro mis ojos y noto que su sonrisa no es lo que parece. Pero no porque oculte algo sino porque lo excede todo, porque va más allá, desplegando una curvatura que me recuerda, de manera casi automática, a aquellos armónicos lejanos con los que Mahler abre su primera sinfonía, armónicos que no afirman nada, que no prometen nada y que sugieren que algo podría comenzaren cualquier momento, o incluso que tal vez ya comenzó hace tiempo y uno siempre llega tarde. Porque eaa sonrisa funciona así. No inaugura, no cierra, no explica sino que permanece. Con una permanencia que denota una fisura, una ruptura, una muy leve desincronía con lo que se espera de una sonrisa cualquiera, tal como si hubiese sido creada no para mostrarse sino para sostener algo que, de otro modo, se derramaría por todos lados.

    Cierro mis ojos y veo su cabeza coronada con flores, formas que se elevan y se sostienen sobre una lógica que no es del todo orgánica ni del todo artificial, que no organiza ni jerarquiza, pero que desborda en silencio. Y hay en ese ornamento una proliferación que no termina de resolverse, tal como si cada elemento dudara de su propio lugar. Sin embargo, ninguno cae. Como la suspensión obsesiva de los retardos del adagietto, allá donde la música siempre llega luego, creciendo desde lo que no está y construyendo una continuidad que no depende de la puntualidad. Pues sí, ella también parece llegar siempre un instante después de sí misma, tal como si el presente le resultara un territorio ligeramente inhóspito que debe ser atravesado siempre con cautela.

    Cierro mis ojos ybveo sus ojos cerrados, o casi, pero no en son de descanso sino de administración. Porque no mirar es, en ella, un acto activo, una manera de reducir la intensidad de lo que irrumpe, una forma de modular los golpes de un mundo que no negocia el volumen. Allí no hay huida pero tampoco entrega. Hay cálculo, pero no tanto en el sentido frío de la estrategia sino en el más elemental: hasta cuándo se puede entrar y cuánto debe quedar afuera para que el interior no se fracture. Veo allí una operación continua, silenciosa, siempre invisible para quien mira sin saber pero decisiva para quien la habita.

    Cierro los ojos y siento sus ropas en movimiento, introduciendo una discordia que nunca se convierte en conflicto. Prendas que se desplazan con una energía que parece exceder al cuerpo que las porta, como si fuesen la traducción visible de algo discrónico y que no encuentra otra vía. Ahí asoma, apenas, la vehemencoai contenida de la segunda sinfonía, esa insistencia en avanzar aún si no hay garantías de resolución. Pero incluso en ese gesto hay contención pues nada estalla del todo, nada se entrega completamente a su propia inercia, y todo queda, de algún modo, retenido en el umbral.

    Cierro mis ojos y noto que es en ese umbral donde ella parece vivir. No dentro, ni fuera. No en la calma ni en la tormenta, sino en la franja donde ambas se tocan sin mezclarse. Hay días en los que esa posición es insoportable, demasiado expuesta para el recogimiento pero demasiado retirada para la intemperie. Y, sin embargo, es ahí donde su forma de estar encuentra su verdad, ya no como elección sino como condición.

    Cierro mis ojos y la amo. Y amar aquí no es una expansión sino una contracción, un volverse más preciso, más atento a lo que no necesita decirse, aprendiendo a no completar lo que falta y, sobre todo, a no interpretar de más. Porque lo que en otros sería silencio, en ella es densidad, lo que en otros parecería vacío, en ella es saturación. Hay en ese interior una acumulación de matices que no se ordenan según la lógica común, una polifonía con voces que no buscan coincidir. Tal cono en aquellas disonancias en las que la contralto se obstina en mantener una línea que el coro no resuelve y, sin embargo, ambos persisten, no para reconciliarse sino para coexistir en esa tensión que no pide alivio sino que lo fabrica ex profeso.

    Cierro mis ojos y siento sus miedos -¡craso error pensarlos como obstáculos! y temores que funcionan a modo de sensores, superficies de contacto con lo que duele demasiado pronto o demasiado fuerte. Pero que no la detienen sino qie la obligan a un tipo de atención que otras personas no necesitan. Y esa atención, sostenida en el tiempo, se vuelve una forma de fortaleza que no se exhibe porque no sabe cómo, o porque no le interesa. Pero no hay épica en eso. Hay desgaste, hay insistencia, hay una continuidad que no se celebra porque no tiene pausa.

    Cierro mis ojos y la escucho. Como la octava, esa desmesura que parece querer abarcarlo todo pero termina siendo solo una sombra lejana, casi irónica. Porque si hay algo que en ella no ocurre es la expansión indiscriminada. Su modo de estar tiende, por lo contrario, a delimitar, a filtrar, a decidir (muchas veces sin palabra) qué puede ser sostenido y qué no. Y en esa economía hay una ética que no se declara sino que se ejerce, y que se. materializa día a día en sus apuntes.

    Cierro los ojos y descubro que amarla, entonces, no es acompañarla un recorrido claro ni esperar una resolución. Es aceptar que no hay una síntesis final, que no habrá un momento en que todas las líneas se alineen y produzcan una claridad tranquilizadora. se trata, más bien, de permanecer en esa zona de ambigüedad donde cada gesto puede ser leído de más de una manera, donde cada silencio contiene múltiples posibilidades y donde ninguna se impone. Y quedarse ahí, sin traducir, sin reducir, sin exigir coherencia donde no tiene por qué haberla, es lo más cercano a una forma de verdad que solo se puede alcanzar con ella. No una verdad luminosa ni una revelación, sino algo más opaco y, por eso mismo, más resistente: la certeza de que su manera de ser en el mundo no necesita ser corregida para ser amada, ni comprendida del todo para ser acompañada.

    Abro mis ojos y comprendo que ella me ha enseñado a no forzar una resolución donde hay ub proceso, a no buscar una consonancia allí donde la disonancia no es un error sino una condición.

    Como en Mahler, sí, pero sin la promesa de redención final. Solo la persistencia, ese mantenerse en un frágil equilibrio que nunca se estabiliza, pero que jamás se rompe.


  • Todavía me despierto antes del amanecer Todos los días.

    Pero no por obligación, porque no hay dioses que me esperen, héroes que me invoquen ni amantes que me rueguen en silencio. Me despierto por costumbre, como si algo en mí siguiera creyendo que el mundo depende de que yo llegue a tiempo.

    Me siento en la cama, en ese breve instante suspendido donde mi cuerpo aún no recuerda del todo su edad, y por un segundo, o incluso menos, vuelvo a sentir mi antigua ligereza. Aquella ligereza de cuando corría sin peso. Y no es una metáfora pues verdaderamente no había peso. El aire no era un obstáculo sino un aliado. Atravesaba cielos, montañas, mares, puertas cerradas y hasta voluntades dudosas.

    Por entonces no llevaba mensajes. Yo era el mensaje. Era el tránsito mismo.

    Y recuerdo las manos. Manos temblorosas que esperaban una respuesta. U ojos que se encendían cuando yo aparecía. No importaba si yo llevaba guerra o consuelo, traición o promesa, mi presencia ordenaba el mundo por un instante y cerraba circuitos invisibles entre destinos que no sabían que se necesitaban.

    También estaba la noche, pues las madrugadas eran todas mías. Nadie más las entendía. Amparaba a quienes se buscaban en secreto, a los que cruzaban ciudades en silencio, a quienes no podían o no debían amar bajo la luz. Abría caminos allí donde no los había, con una mirada, un gesto o una señal mínima, y todo encontraba su cauce.

    Y sí, también estaban los otros. Los pequeños. Los torpes. Aquellos que robaban gallinas pero no por hambre sino por una especie de torpeza vital, una necesidad absurda de desobedecer. Me gustaban porque había en esos tramposos algo honesto. No sabían por qué hacían lo que hacían, pero lo hacían igual. Y yo los protegía, claro, aunque no por justicia sino por afinidad.

    Eso era necesario. Yo era necesario. Todo era necesario.

    Había una trama, una red invisible donde cada gesto tenía consecuencias, donde cada mensaje podía torcer un destino. Yo no era importante. Era imprescindible.

    Ahora, ahora me pongo el casco.

    Tiene un rayón en el lado izquierdo. No recuerdo cuándo apareció. Y la motito arranca con un sonido cansado, como si dudara de sí misma. A veces yo también dudo. Cargo la alforja. De nylon. Liviana. Ridículamente liviana.

    Antes llevaba palabras que podían iniciar guerras. Ahora llevo objetos que nadie necesita y que, sin embargo, alguien espera con una ansiedad que no logro comprender. Cosas pequeñas, envueltas en plástico, promesas de algo que jamás termina de llegar. Y toco timbres.

    -¿Paquete?

    Siempre es la misma palabra. Nunca es «mensaje», nunca es «noticia», nunca es «cuidado».

    -Paquete.

    Las manos siguen temblando, pero no es lo mismo. No hay transformación en la mirada, sino una especie de descarga breve, tal como si la espera misma fuese el único contenido. Abren, miran, asienten. Y a otra cosa.

    Yo también.

    Sigo mi recorrido. Semáforos, bocinas, calles que no llevan a ningún lado. Ya no hay trayectorias, solo el recorrido. Ya no hay destinos, solo direcciones.

    Y algunas poquísimas veces, en una esquina random, cuando el sol cae en cierto ángulo, siento algo. Una temblor mínimo en mis tobillos, un recuerdo del viento antiguo.

    Me quedo quieto un segundo más de lo necesario pero la gente se impacienta. Tocan bocina. No entienden.

    Yo tampoco entiendo del todo, pero sé que eso está ahí. Como un eco.

    No es nostalgia porque la nostalgia embellece y esto no es bello. Es otra cosa. Es persistencia. Tal como si el mundo hubiera cambiado de lenguaje más no de estructura, y yo fuera ahora un traductor que dejó de reconocer las palabras pero que aún intuye la gramática.

    Y sigo entregando los paquetes.

    No sé si alguien lo comprenderá. Tampoco me importa demasiado. Porque, si bien mi tarea no terminó, se volvió irreconocible.

    Sin embargo, quiero creer que estos objetos absurdos, innecesarios, también transportan algo. No lo veo. No lo entiendo pero algo debe haber. Tiene que haberlo. Porque si no, ¿por qué sigo despertando antes del amanecer?


  • Hay momentos -muy pocos- en los que el mundo deja de estar hecho de cosas separadas.

    No ocurren cuando los busco y no llegan con esfuerzo, ni con voluntad. Llegan, más bien, cuando algo muy interior cede. Tal como si una puerta que nunca supimos que estaba ahí se abriera, apenas, y apenas bastara con eso. Una puerta que se abre.

    Al principio no es más que una sospecha. Mi arco roza la cuerda y el sonido no parece salir del violín sino de un lugar anterior, interior, más hondo. Los dedos no buscan las notas pues ya están ahí. Sin corrección, sin cálculo. El tiempo, ese metrónomo invisible que cuantiza todo lo que pueda medirse, deja de contar. Y entonces ocurre eso.

    Ya no estoy tocando. La música se está tocando a sí misma y yo soy eso. No hay un yo sosteniendo el arco, como no hay arco, ni cuerda, ni nota. Hay solo una continuidad, una respiración larga, indivisible. Algo que se despliega sin preguntarse qué es.

    Después la ruta, la noche. El haz de luz de mi moto recorta el asfalto tal como si fuese un río que se deja ver solo por donde pasa la Luna. Las líneas blancas del pavimento ya no marcan carriles. Son pulsos, latidos, una guía que no necesita ser entendida. No pienso en la curva, no decido inclinar, no calculo la velocidad. Estoy en la curva antes incluso de saber que la curva, la moto y yo existíamos.

    La moto no pesa. O, mejor dicho, no hay nada que pesar porque no hay separación entre mi cuerpo y la máquina. Ni entre mi máquina y la oscuridad. Ni entre la oscuridad y el cielo, bajo, cargado de estrellas, un cielo que no está arriba sino alrededor. Entonces comprendo, sin palabras, sin pensamiento que no estoy atravesando la noche. Soy la noche moviéndose.

    Al otro día el campo abierto. Ulysses, mi caballo, respira. O tal vez soy yo quien respira en cuatro patas. No pisamos el suelo, lo continuamos, sin órdenes, sin riendas tensas que indiquen nada. Hay allí una inteligencia antigua, compartida, que sabe antes de saber.

    El viento no golpea mi cara, la dibuja. Y por primera vez, por única vez, no hay nadie mirando la escena desde afuera. No hay ningún narrador. No hay ningún testigo. No hay ninguna historia que contar más tarde porque no hay después.

    Y eso es lo que me desconcierta. Porque esos son instantes en los que no hay experiencia, en los que no hay registro. Pero no lo hay porque no hay nadie que lo tenga. Ni siquiera yo. Sin embargo, todo está más intensamente presente que nunca.

    No importa el nombre. Puede ser Zen, puede ser Mushin, puede ser una mente que no se detiene a pensar ni siquiera en sí misma. Y no importa porque los nombres siempre llegan tarde. Llegan cuando ya salimos de ahí, cuando la puerta se ha cerrado suavemente y volvemos a ser quienes queremos recordar, quienes intentamos poner en palabras qué fue lo que sucedió, qué fue lo que hemos hecho.

    Pero lo que queda, lo que verdaderamente queda, no es el recuerdo sino una certeza sin forma, algo que trasciende un instante excepcional. Algo que siempre está y que, por alguna razón que jamás comprenderé, siempre se nos pasa por alto.


  • Durante mucho tiempo creí que el problema era encontrar mi lugar. Luego entendí que el problema era que me pedían que lo hiciera en una línea, y más tarde descubrí que un cubo podría ser más preciso. Allí, por primera vez sentí alivio pues ya no tenía que elegir entre extremos y podía darme el lujo de existir en combinaciones. En una matriz (hermoso nombre) de combinaciones.

    Pero incluso ese cubo empezó a quedarme chico, y no porque fuera incorrecto, sino porque tenía bordes, aristas, filos. Y yo, ciertamente, nunca fui amigo de los bordes.

    Entonces dejé de pensar en figuras y empecé a pensar en trazas. Pero ya no como líneas dibujadas sino como huellas en un espacio que jamás termino de conocer.

    En él, cada traza es una forma en la que el mundo me atraviesa. Pero también es una forma en la que el mundo resuena en mí.

    Por cierto, no todo lo que me define se deja medir. Algunas cosas, por ejemplo, se escuchan. Hay intensidades, sí, pero también hay timbres, texturas, resonancias, disonancias, silencios…

    Durante mucho creí que esas trazas eran variaciones de una misma cosa pero ahora sospecho con firmeza que no, que cada una es un eje.

    Pero no se trata de ejes tales como los de un gráfico escolar, rígidos y numerados, sino ejes que también podrían pensarse como parámetros de una escucha que aún no sé formalizar, ejes que aparecen cuando algo duele, o cuando algo encaja con una perfección inexplicable. O incluso cuando el lenguaje no alcanza y, sin embargo, algo insiste en ser dicho.

    Si tuviera que imaginarlo -realmente no puedo hacer otra cosa más que imaginarlo-, diría que no habito un espacio. Diría que habito EL espacio. Ese espacio que no es un contenedor sino, más bien, un acontecimiento.

    Un espacio en expansión, pero no metafórica sino estructuralmente, donde a veces ocurre algo semejante a una supernova, esto es, una experiencia que irrumpe, colapsa lo que había, y cuya destrucción crea elementos nuevos que antes no existían en mí.

    Un espacio donde ciertas regularidades, tal como cefeidas íntimas, me permiten de tanto en tanto estimar distancias y cuantificar cuánto me alejé de quien fui, o cuánto ha pasado entre un yo y otro.

    Un espacio atravesado de campos que no veo, pero con efectos innegables, energías que, al decaer, se vuelven materia en forma de hábitos, respuestas y defensas.

    Un espacio en el que algunas vibraciones no solo atraviesan, sino que dan masa, densifican una emoción, vuelven ineludible una percepción y fijan cada traza.

    Y un espacio donde también hay entidades mucho más extrañas: Experiencias como fotones,  sin interior, sin reposo e imposibles de detener pero, sin embargo, persistentes, viajando intactas a través del tiempo, atravesándome una y otra vez sin perderse.

    También hay regiones enteras que aún no logro cartografiar, materia oscura que no sé nombrar pero cuya gravedad organiza mis movimientos, y energía oscura que empuja silenciosamente todo hacia afuera y que expande el espacio mismo en el que existo, incluso cuando no lo comprendo.

    En fin, ya no soy un punto en una línea ni un segmento en un cubo. Ni siquiera soy un instante en un espacio. Mi universo es una configuración de trazas dentro el espacio, en expansión, una suerte de acorde imposible de fijar del todo, una superposición de estados que no siempre resuelven pero que sin embargo son. Y lo más desconcertante es que ese espacio no es fijo, no cambia dentro de mí sino que cambia conmigo (o yo con él, en una relación que ya no sé separar).

    Algunos días descubro un eje nuevo, una forma distinta de saturación, una sensibilidad que no sabía que tenía, una manera inédita de desbordarme o de encontrar calma, tal como si apareciera una nueva constante o como si una región antes oscura empezara a emitir. Y entonces todo se reconfigura. Pero no porque yo haya cambiado sino porque, entonces, tengo más universo para existir.

    Tal vez eso sea, ciertamente, el espectro. No una línea, no una escala, no un volumen, ni siquiera un espacio en el sentido habitual sino un intento siempre incompleto de cartografiar un universo cuya expansión excede cualquier modelo que intentemos imponerle, un universo que no solo se mide ni solo se escucha sino que, además, se transforma.

    Y por eso duele cuando me reducen, cuando nos reducen. No se trata simplemente de un error conceptual sino de una amputación de la justicia. Porque cada simplificación borra dimensiones y cada dimensión borrada es una traza que deja de poder ser leída, una frecuencia que deja de poder ser oída o una región entera que vuelve a quedar en la oscuridad.

    No deseo que me ubiquen. Por el contrario, quiero que acepten que todavía nadie sabe en qué universo estamos y que, en todo caso, lo más honesto que podemos hacer no es medirlo. Pero no porque no tengamos herramientas suficientes como para hacerlo sino porque no se puede medir algo sin intervenirlo.

    Cada intento de fraccionar en unidades registrables aquello que somos, cada esfuerzo por cuantificar nuestras trazas, las cambia sustancialmente. Y así, observar siempre implicará modificar y toda medición será también, siempre, una forma de desplazamiento.

    Explorar tal espacio nos exige aceptar que nunca habrá un mapa definitivo, que toda referencia será provisoria y que cualquier coordenada cambiará en el instante en que la nombremos. Debemos aceptar la incertidumbre, pero ya no como un problema a resolver sino como la única forma honesta de permanecer. Y entonces, lo más cercano a comprendernos será habitar esa incertidumbre.

    Sin reducirla.


  • o cómo descubrí que viví toda una vida con un fantasma.

    Hoy, a mis cincuenta y siete años -sí, cincuenta y siete-, abrí un expediente oficial y me encontré con que todo lo que creía saber de mi nombre era, digamos, una licencia poética que mi cerebro había autorizado sin consultar al Estado: mi Cédula de Identidad decía Sebastian, sin tilde, mientras yo, con un orgullo casi artístico, siempre he sido Sebastián. Y sa tilde no había sido una simple rayita. De hecho, había sido, para mí, una diacrítica de identidad, una marca de acento existencial que me acompañó en etiquetas, contratos, firmas, saludos y hasta en mis silencios interiores.

    Y no pude evitar pensar. ¿Soy Sebastián porque así me nombraron, me nominaron, mi familia, mis amigos y el universo afectivo en el que crecí (esa constelación de afectos que me respaldan y celebran), o soy Sebastian porque un funcionario, hace tanto, pensó que mi partida de nacimiento no necesitaba una rayita encima de la a?

    O, lo que viene a ser lo mismo, ¿es mi nombre algo que se hace cada vez que se pronuncia, o algo que soy, incluso cuando nadie lo sabe todavía?

    En teoría de la identidad, perdón, en mi teoría de la identidad, donde mezclo impúnemente lenguaje, filosofía y actos performativos, supongo que muchas identidades resultan, más que esencias fijas, actos repetidos, formas que emergen en la reiteración, allí donde los discursos sociales nos citan y nos reconocen. Pero si aplico esto a mi caso, caigo inevitablemente en una especie de loop existencial: ¿Sebastian era una especie de potencial latente, un nombre que existía en alguna superposición cuántica de mi partida y mi autopercepción, esperando colapsar en una forma concreta cuando alguien (legalmente autorizado o no) le pusiera boca o tinta? ¿O, por el contrario, era yo quien hablaba mi propio nombre, con tilde desde siempre, haciendo realidad una identidad que los papeles simplemente ignoraron?

    Es tentador decir (y lo confieso: me río cuando lo pienso) que tal vez haya vivido, sin notarlo, en una especie de realidad alternativa tildeada, tal como si hubiera estado habitando una versión más expresiva de mí mismo, en la que cada acento gráfico era un signo de rebelión poética contra la estandarización. Pero también podría decir lo contrario: que mi nombre, tal como figura en la partida de nacimiento, fue una suerte de nombre constitucional que me precedió sin que yo lo supiese, y que todo este tiempo fui Sebastian sin enterarme, actuando como si fuera Sebastián solo porque así sonaba mejor a mi oído emocional.

    Y aquí me aparece la parte más curiosa de todo esto: cada vez que alguien me llame Sebastian, ahora, ese acto será un pequeño acto de habla que reconstruirá mi identidad en tiempo real. Es decir, cada nominación, cada publicación, cada anuncio de entrada en una sala donde digan mi nombre, sin tilde, estará haciendo algo más que, simplemente, describiéndome. Y en ese sentido, a partir de hoy tengo realmente dos nombres coexistiendo, tal como si fueran dos vecindades semánticas: Sebastián con tilde, que es el nombre que yo sé que soy (la vida larga de todas mis memorias y todas las veces que algunos labios pronunciaron esa rayita), y Sebastian sin tilde, el nombre que aparece en el pergamino oficial, la forma canonizada por la tinta burocrática.

    ¿Cuál de los dos es más yo? ¿Cuál es más verdadero? La respuesta podría ser un chiste interno, pero podría ser también una reflexión seria sobre cómo la performatividad (la repetición de actos de lenguaje y reconocimiento social) realmente hace que algo exista como identidad más allá de cualquier documento o categoría establecida.

    Así que sí: puedo decir con total autoridad y absoluta solemnidad que fui Sebastian sin saberlo y, al mismo tiempo, fui Sebastián, con tilde, desde siempre. Y que eso sea la historia de mi propio nombre (una especie de diálogo continuo entre cómo me nombra el mundo, cómo me nombro yo, y cómo ese nombramiento construye mi identidad) no es un mero accidente lingüístico sino uno de esos pequeños choques entre papel, boca y cerebro que nos recuerdan que nada de lo que somos está simplemente dado, sino que se construye, se actúa y se repite.

    Y queda, ahora, una última reflexión que deseo explicitar, una especie de juramento vital para lo que viene a partir de esta revelación: en el futuro, prometo vivir mis nombres (Sebastian, Sebastián o cualquier otra articulación que el gesto de nombrarme produzca) como identidades fluidas, móviles y abiertas, suspendidas en un espectro más que encasilladas en una rigidez binaria señalada por la presencia o ausencia de la tilde. E imagino ese espectro como un conjunto de posibles estados cuánticos, cada uno con su propio nivel de energía y de probabilidad (más que un abanico fijo de opciones, como una superposición de existencias potenciales hasta que una situación, un acto de nominación o una percepción concreta lo materialice).

    Así, mi nombre no será ya un valor único y definido sino una función de onda identitaria, cuya amplitud dependerá del acto de hablarlo, de inscribirlo, de reconocerlo o de jugar con él, aceptando así que mi identidad nominal (al igual que mi identidad en general) será un proceso y no un producto, un continuo espectral de posibilidades y actualizaciones en vez de una entidad inmutable, sin negar o borrar ninguno de los nombres que he vivido sino desplegándolos en un espacio de resonancias posibles, donde cada pronunciación, cada escritura y cada reconocimiento volverán a hacerme y deshacerme para volver a hacerme otra vez.


  • Allí no había ninguna puerta, solo una hendidura en la oscuridad, tal como si la noche hubiese sido doblada sobre sí misma.

    Hécate no llegó, ya estaba. Y Cerbero tampoco aguardaba, él simplemente era.

    Durante un tiempo que no podría medirse, no hablaron. Solo se miraron, hasta que Cerbero quebró el silencio.

    Dicen que guardo.

    Hécate tardó en responderde. La Luna, si hubiese habido alguna luna, habría estado en sus tres edades simultáneamente.

    -¿Guardas? -preguntó al fin-, ¿o impides?
    Eso dicen -asintió Cerbero-, que impido los regresos.
    -¿Y puedes hacerlo?

    Hubo algo parecido a una vibración, tal como si tres suspiros entrecortados se superpusieran.

    No muerdo a quien vuelve -dijo-, no es necesario

    Hécate apenas inclinó su rostro triple.

    Entonces no eres un guardián

    Cerbero tardó en entender esa frase. De todas formas, entender no era una categoría útil allí.

    Fui puesto para eso.
    No, fuiste narrado para eso

    El silencio se volvió más denso, pero no pesado. Tal como si algo estuviera recordándose a sí mismo.

    Tú abrías –dijo Cerbero, –abrías caminos, cruces, fases. Todas las mujeres te invocaban cuando la sangre les marcaba el tiempo. Y los viajeros cuando la noche no tenía centro.

    Yo no abría -le corrigió Hécate suavemente-, yo era el cruce

    Cerbero percibió que esa diferencia era importante, aunque no entendía todavía por qué.

    En tus tiempos -le dijo-, había regreso.
    Había tránsito.
    -¿No es lo mismo?
    No

    La palabra cayó dura, sin eco.

    Tránsito no es retorno. El retorno supone que el punto de partida, el inicio permanece intacto. Pero en el tránsito, quien cruza ya no coincide más consigo mismo

    Cerbero guardó esa frase como si fuera un hueso antiguo.

    Entonces yo no niego el retorno -dijo, convenciéndose de lo que decía, –solo lo hago evidente

    Hécate lo miró o, mejor dicho, miró a través de él.

    -¿Qué crees que ocurre cuando alguien atraviesa este pliegue?
    Desciende.
    Eso dicen los relatos solares.
    Muere.
    Es lo que dicen los vivos

    Cerbero sintió que algo en sus tres cabezas empezaba a desarmarse. Pero no era dolor, era comprensión.

    No regresan -murmuró, dudando si era afirmación o pregunta.
    Pero no porque tú lo impidas

    La oscuridad se plegó un poco más.

    No regresan -repitió él, ya más seguro- pues no tienen, no hay a dónde regresar.

    Hécate no sonrió pero el espacio se expandió, se hizo mucho más amplio.

    Cuando el mundo aprendió a nombrar la causa del nacimiento -dijo ella- creyó haber conquistado el misterio. Creyó que el tiempo era línea, que toda salida exigía entrada y que toda entrada se implicaba una salida.

    Y yo quedé como perro -dijo Cerbero, pero sin que allí hubiese un reproche.

    Quedaste como figura.
    Tricéfalo, como tú.
    Tres veces no

    Cerbero sintió que esa frase lo atravesaba como si hubiera estado esperándola desde siempre.

    Antes, el tres era fase –dijo lentamente-, crecimiento, plenitud y decrecimiento.
    Ahora es clausura -completó Hécate-, ya no hay fases aquí, ya no hay ciclos, no hay primavera que emerja de este lugar

    El nombre de Perséfone flotó sin pronunciarse.

    Ella va y viene -objetó Cerbero.
    Va -corrigió Hécate.

    El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

    Entonces el regreso es un malentendido -dijo Cerbero.
    Una nostalgia del orden solar.
    Una ilusión necesaria para quienes viven en la superficie

    Cerbero percibió entonces algo que nunca había considerado:

    No soy carcelero.
    No.
    Tampoco soy amenaza.
    No.
    Soy la evidencia de que el misterio no admite simetría

    Hécate guardó esa frase con cuidado.

    El misterio no se repite -dijo ella-, el misterio se atraviesa.
    Y al atravesarlo
    Se pierde el mapa.
    Se pierde el nombre.
    Se pierde la posibilidad de contar la experiencia

    Cerbero entendió entonces por qué Orfeo había fallado, incluso al triunfar. Por qué la miel no era engaño sino concesión narrativa.

    Fui domesticado por el relato -agregó.
    Como el grifo -añadió Hécate.

    El recuerdo del león con cabeza de águila surgió como un fósil dorado.

    Él custodiaba el oro -dijo Cerbero.
    Custodiaba lo que entonces emanaba sin propiedad.
    Fue reducción.
    No, fue administración del límite.

    Cerbero percibió el parentesco.

    -¿Yo soy la última reducción? – susurró.
    Eres el resto irreductible.
    -¿Pero cuál es la diferencia?

    Hécate tardó en responder.

    La reducción puede revertirse, el resto no.

    Cerbero comprendió ahí que no era, entonces, un instrumento del patriarcado ni su criatura final. Era su fisura.

    Si alguien pudiera regresar -dijo-, el mundo seguiría creyendo que todo misterio es reversible.

    Y no lo es.
    Entonces más que impedir el regreso, lo imposibilito.
    No, mi querido hijo -dijo Hécate con una claridad que no necesitaba luz-, lo revelas imposible. La diferencia es mínima. Y total…

    Las tres cabezas dejaron, por fin, de vigilar. Y no porque cerraran sus ojos sino porque ya no había nada que observar.

    No soy perro -dijo finalmente Cerbero.
    No.
    Tampoco soy un monstruo.
    Nunca lo fuiste.
    No soy guardián.

    Hécate se aproximó, como si aproximarse fuera un verbo que aún significara algo.

    Eres el mismo pliegue -dijo con el amor maternal de la eternidad.

    La palabra no era metáfora, era descubrimiento, y Cerbero ya no sintió el peso en sus bocas. Las cabezas eran insistencias, tres veces la misma verdad.

    No hay regreso porque no hay origen intacto -murmuró.
    Y no hay origen intacto porque el misterio no es punto de partida -se apresuró a concluir Hécate-, es lo que queda cuando todo punto se disuelve.

    Por un instante, si es que hubo algún instante, el mundo superior, con su sol y sus genealogías, pareció lejano, casi ingenuo.

    -¿Qué pasa, entonces, con Hades? – preguntó Cerbero, como un niño que no entiende algo.

    Hécate respondió sin solemnidad.


    Hades aprendió.
    -¿A renunciar?
    A no traducir.

    El pliegue se cerró un poco más, pero no como puerta sijo como respiración que no vuelve a exhalar lo mismo. Cerbero comprendió entonces que jamás había sido colocado allí para castigar sino porque alguien debía sostener la verdad final. Y, al comprenderlo, dejó de ser criatura. Se volvió condición.

    Hécate no lo bendijo. No era necesario. El descubrimiento había sido mutuo. Y maravilloso.



  • Hay preguntas que no buscan respuestas sino una forma digna de ser habitadas.

    Algunas veces, cuando pienso en el cielo o miro el firmamento, no siento vértigo sino pudor. Me han dicho (y lo acepto con total serenidad) que mirar lejos es mirar hacia atrás. Que cada punto de luz es una demora, una memoria viajando, un mensaje pasado que se vuelve presente. Que lo que veo no es el universo actual sino su juventud. Y entonces algo en mí, que desea ferviente reemplazar las ecuaciones por metáforas, tropieza y se resquebraja.

    Porque el universo era más pequeño pero…, ¿qué quiere decir exactamente esa palabra? ¿Pequeño como una semilla que cabría en mi mano? ¿Pequeño como una casa antes de ampliarse? ¿O pequeño en un sentido más sutil, como cuando dos personas están más cerca aunque el mundo siga siendo inmenso?

    Cuando levantamos la vista, el pasado que vemos no parece comprimido. No parece un rincón remoto del que todo brotó, apretado y confuso. Por el contrario, cada vez que afinamos la mirada aparecen más estrellas, más galaxias, más diferencias, más historias. Cuanto más lejos vemos, el horizonte no se contrae sino que se enriquece.

    Si en aquel entonces todo estaba más cerca, ¿estaba también todo contenido en menos espacio? ¿O acaso esa cercanía no implica un encierro? ¿Es posible, acaso, que el universo haya sido siempre vasto, incluso sin borde, y que lo único que cambiara fuera la distancia entre las cosas?

    Porque si el universo hoy es infinito, entonces lo fue siempre, incluso si estaba comprimido en su origen. ¿Puede lo inmenso haber sido siempre inmenso, aunque sus proporciones fueran otras?

    Tal vez mi error sea un problema de escalas y esté en imaginar el origen como un objeto pequeño dentro de algo más grande, un contenido dentro de un continente. Tal vez «más pequeño» no signifique «de menor tamaño total» sino «con menor separación». Y así, entonces lo que llamamos comienzo no sería una miniatura del mundo actual, sino el mismo mundo con otra escala, con otro ritmo de distancia, con otra intimidad entre sus partes constitutivas.

    Entonces, el cielo antiguo que nos rodea ya no sería el resto remanente de una esfera diminuta, sino la intersección entre nuestra mirada y una vastedad que nunca dejó de ser vasta.

    ¿Será que no venimos de un punto sino de una transformación, que el origen no fue un lugar reducido sino una forma diferente de estar juntos, que el pasado no era pequeño sino más íntimo?

    Cuando pienso así, la pregunta «¿de dónde venimos?» cambia de tono. Porque ya no imagino una chispa aislada en la oscuridad sino una expansión de distancias dentro de algo que probablemente, jamás tuvo borde. Y me pregunto si, al final de cuentas, el universo no nos estará enseñando algo más humano que astrofísico:

    crecer no siempre es ocupar más espacio sino aprender a estar más lejos.



  • Soy Zeus, y durante eones creí -en realidad quise creer- que el orden del cosmos emanaba de mi voluntad, que el trueno obedecía a mi mano y que los límites eran simples extensiones de mi poder. Pero hubo decisiones que no tomé. El hierro, por ejemplo… el hierro no responde a mí. Nunca lo hizo.

    El hierro es un límite, y es anterior a todos los dioses. A veces, cuando el Olimpo calla y ni siquiera Hera discute, me pregunto qué pensaron Caos y Gea al fijarlo allí, justo allí, en el punto exacto donde la fusión deja de dar y empieza a exigir. No antes. Tampoco después. Exactamente en ese umbral donde la creación se vuelve deuda.

    No puedo dejar de pensar que Caos (que no es desorden sino exceso de posibilidades) entendía algo que yo aprendí muy tarde: un universo sin fronteras no produce historia sino ruido. Y Gea, paciente y densa, sabía a la perfección que toda gestación necesita un agotamiento, que si la estrella pudiera seguir pariendo elementos sin costo, jamás moriría, y que sin muerte no hay herencia posible.

    Entonces, sabiendo eso, queda claro que el hierro no es un castigo. Es una pregunta cerrada. Hasta él, la materia se ofrece. Más allá, la materia se resiste. Y esa resistencia obliga a la violencia cósmica, al colapso, a la supernova, al desgarramiento que siembra lo que no puede nacer en calma.

    Caos y Gea no prohibieron el oro ni el uranio, tan solo exigieron que fueran fruto de una catástrofe. Y ahí entendí algo incómodo: la abundancia absoluta es estéril.

    Cuando llegó la primera humanidad, la de oro, nadie conocía el hierro. Vivían sin herramientas que opusieran resistencia al mundo. No luchaban contra la materia sino que la deslizaban. Eran bellos, sí, pero también ligeros, sin fricción, sin memoria. Y se desgranaron como se deshace una nube.

    La segunda humanidad, esa generación de plata, aprendió un poco más, pero seguía evitando el hierro. Tenían técnica pero no límite. Se creían eternos, se sentían eternos. Pero los eternos no aprenden.
    Y fue recién con la humanidad de bronce que el hierro empezó a insinuarse como ausencia. Tenían armas duras, pero no esa dureza. Eran fuertes, pero no precisos. Golpeaban el mundo como quien cree que todo se rompe. Y entonces llegó Prometeo.

    Prometeo no les llevó el hierro (eso es lo que pocos comprenden) sino que les entregó la conciencia del límite. Aquel fuego que robó no era sólo calor o luz sino la capacidad de transformar, de forzar a la materia a confesar lo que no quiere dar. Y con el fuego, el hierro dejó de ser un borde invisible para tornarse una frontera trabajable. Dolorosa. Peligrosa.

    Lo castigué, sí, y volvería a hacerlo. No por amor a los hombres sino por miedo a que comprendieran demasiado pronto lo que Caos y Gea habían dispuesto con tanto cuidado: que el hierro obliga a elegir.
    Elegir herramientas o armas, arados o espadas, construir generaciones o devorarlas.

    Aquella humanidad del hierro fue la primera verdaderamente trágica. Y por eso, la primera verdaderamente humana. Porque vivir con hierro es vivir sabiendo que cada avance tiene un costo, que cada creación arrastra una sombra y que no todo se obtiene sin romper algo.

    Hoy, cuando observo las estrellas morir para engendrar lo que las supera, ya no me pregunto por qué el hierro es el límite. Hoy me pregunto si Caos y Gea no lo habrán colocado allí para que, incluso los dioses, tuviésemos algo que no pudiéramos cruzar sin pagar.

    Y pienso que, probablemente, el hierro no sea el final de la fusión estelar sino el inicio de la responsabilidad. Y eso -aunque me duela admitirlo- no lo gobierna ningún rayo.



  • «All skinheads play the flute» no es una proposición sino un corte mal suturado en el tejido del sentido, escondido detrás de una forma gramatical que simula universalidad pero que universaliza una falla más que un predicado.

    Se trata de un enunciado que no clasifica, por el contrario, corroe la posibilidad misma de clasificar. Y allí donde el sujeto pretende coincidir consigo (ser idéntico a su gesto, a su estética, a su violencia) aparece una práctica que no puede inscribirse sin resto. De hecho, la flauta no introduce contradicción sino exceso inútil, una función sin finalidad, un hacer que no culmina en impacto sino en vibración.

    Pero no se trata de burla pues la burla todavía cree en un afuera desde el cual reír. Y aquí no hay afuera sino desplazamiento interno. El mito se repite con una torsión mínima que lo vuelve irreconocible. La dureza no es negada; es obligada a respirar. Y en ese acto aparentemente trivial el cuerpo pierde su estatuto de objeto compacto y se revela como conducto, como pasaje, como algo que nunca estuvo cerrado.

    La universalidad funciona entonces como una máscara kantiana que pretende necesidad donde no hay más que repetición forzada, un sujeto que insiste en ser duro porque no puede sostener la contingencia de no serlo.

    Así, la identidad no se afirma. La identidad se defiende contra su propia inconsistencia y toda defensa, cuando se absolutiza, termina delatando la herida que intenta negar.

    Ese mecanismo se duplica en otro registro, más oscuro, en el “Drive a Hilux and you’ll think you’re unbreakable”.

    Aquí el cuerpo ya no se imagina a sí mismo directamentes sino que experimenta por delegación. La máquina no prolonga la fuerza pues la suplanta, y no solo simbólicamente. El yo no se siente entero porque lo esté sino porque algo externo se presenta como aquello que no falla, donde La Hilux no es vehículo sino condición trascendental de una ilusión de continuidad.

    Pero esa ilusión no es ingenua, es necesaria. El cuerpo, dejado a sí mismo, no alcanza la unidad, tiembla, se cansa, sangra, envejece. Y para desconocer eso, para dejar de saberlo, se rodea de objetos que le prometan lo contrario. No prometen verdad, ofrecen olvido estructurado. El logo, el metal, la tracción, el mito técnico funcionan como operadores de desconocimiento que no producen sino significan la potencia. Y ese significante se vuelve indispensable allí donde el cuerpo no puede sostenerse como uno.

    La flauta regresa entonces, ya no como gesto irónico sino como retorno de lo reprimido. El aire que entra y sale recuerda lo que la máquina intenta borrar, deja en evidencia que no hay cierre, que no hay blindaje, que el cuerpo siempre es atravesado por algo que no controla. Soplar no es crear sonido: es aceptar la dependencia, reconocer que la fuerza no se acumula sino que se pierde en cada exhalación. Y la violencia, la dureza, la fantasía de invulnerabilidad no son expresión de exceso vital sino rituales defensivos contra el saber insoportable de que no hay cuerpo sin fisura, que no hay identidad sin resto, que no hay sujeto sin caída posible.

    Así, la insistencia en parecer indestructible es la forma más ruidosa de una confesión muda: puedo romperme.

    Mi remera no denuncia ni satiriza. Hace aparecer el agujero, obliga a mirar el punto donde el símbolo ya no alcanza, donde la prótesis ya no sutura, donde la repetición ya no produce creencia sino fatiga. No ofrece salida. No ofrece crítica. Solo deja suspendida una escena donde el mito sigue actuando, pero ya sin garantía. Y en esa escena oscura, insistente, sin resolución, el cuerpo continúa ejecutando el gesto que lo sostiene, no porque funcione sino porque detenerlo sería aceptar que nunca hubo suelo.




  • Algunos postres se recuerdan. No son muchos, tal vez dos, tal vez tres, pero no más. No figuran en los cuadernos, no tienen medidas exactas ni fotos ilustrativas. Ni siquiera una forma definida. Viven en la impronta de una olla vieja, en la textura una cuchara de madera y en el gesto mínimo de alguna mano que aún sabe cuándo apagar el fuego sin mirar un reloj.

    Mi abuela hacía uno así. Ella no decía «voy a preparar un postre» sino «voy a poner leche», tal como si la leche, por sí sola, supiese qué debía llegar a ser.

    La cocina era uno de sus territorios. No porque nadie se lo hubiera concedido sino porque allí mandaba sin alzar la voz. El piso frío en invierno, la radio sonando bajito -más para acompañar que para informar- y la televisión, cuando había, era más un acontecimiento que un ruido de fondo. Se encendía como se enciende una visita.

    Ella había nacido en un borde difuso: ni campo abierto ni ciudad cerrada. Reconocía el tiempo por el olor del aire y el punto justo del almíbar por el sonido de la cacerola. No había terminado la escuela pero entendía a la perfección cosas que ningún manual nos enseña: cuándo insistir, cuándo esperar, cuándo algo está listo incluso si no lo parece.

    En la olla grande iba la leche. Mucha, blanca, mansa, prometedora. Varios litros. Luego el azúcar, sin miedo. Porque el dulce no era un exceso sino una forma de cuidado. Endulzar era protegernos del mundo.

    Y el limón llegaba más tarde, exprimido a mano, con esa prudencia de quien sabe que lo irreversible no se hace a los golpes. Entonces sucedía la magia que siempre surge cuando la química se cruza con el amor: la leche se cortaba. Pero no era un error, solo era el comienzo.

    -Ahora no toques -decía. Y nadie tocaba.

    El fuego hacía su trabajo lento. Las partículas se separaban, el suero se volvía transparente, los grumos quedaban suspendidos como pequeñas islas blancas…

    Algunas veces, casi en secreto, agregaba una pizca de vainilla. O un clavo de olor, perp uno solo, tal como si más fuera una falta de respeto. O algo que llamaba chuño, una palabra que parecía venir de lejos y que aún desconozco. Primero en frío y luego después, pero siempre con una paciencia que hoy sería considerada sospechosa.

    Esos gestos decían mucho. El postre no se no improvisaba, se afinaba y, mientras tanto, hacía otras cosas.

    Remendaba una camisa, zurcía una media, lavaba a mano con un jabón que dejaba olor a limpio de verdad, mecía a algún nieto con el pie mientras revolvía con la cuchara larga. Pero no había multitarea. Era vida sucediendo toda al mismo tiempo.

    Luego el final: sin aplausos, el postre se servía tibio. O frío, según el día, pero siempre en platos desparejos, a sabiendas de que el tiempo no se apura y que el azúcar jamás se escatima cuando se trata de dar.

    Hoy, ya viejo, entiendo que cada cucharada era un abrazo demorado y que esas abuelas siguen vivas exactamente ahí, en una olla al fondo de la memoria,
    esperando para revolver con la cuchara de madera cada vez que alguien vuelva a poner leche.

    Porque la, leche, por sí sola, no sabe qué debe llegar a ser.