
Cierro mis ojos y la veo. Y veo algo que no se deja mirar sin resistencia, tal como si mi mirada tuviese que aprender a retirarse un poco, a no invadirla, a no decantar un sentido allí donde todavía no lo hay, o donde lo hay pero en una forma que no admite ser dicha de una sola vez.
Cierro mis ojos y aparece con un estar que es mucho más que una presencia. Más bien, es una una suerte de acuerdo inestable entre su cuerpo y el mundo, como una tregua que se renueva a cada instante y que, por eso mismo, nunca es del todo segura.
Cierro mis ojos y noto que su sonrisa no es lo que parece. Pero no porque oculte algo sino porque lo excede todo, porque va más allá, desplegando una curvatura que me recuerda, de manera casi automática, a aquellos armónicos lejanos con los que Mahler abre su primera sinfonía, armónicos que no afirman nada, que no prometen nada y que sugieren que algo podría comenzaren cualquier momento, o incluso que tal vez ya comenzó hace tiempo y uno siempre llega tarde. Porque eaa sonrisa funciona así. No inaugura, no cierra, no explica sino que permanece. Con una permanencia que denota una fisura, una ruptura, una muy leve desincronía con lo que se espera de una sonrisa cualquiera, tal como si hubiese sido creada no para mostrarse sino para sostener algo que, de otro modo, se derramaría por todos lados.
Cierro mis ojos y veo su cabeza coronada con flores, formas que se elevan y se sostienen sobre una lógica que no es del todo orgánica ni del todo artificial, que no organiza ni jerarquiza, pero que desborda en silencio. Y hay en ese ornamento una proliferación que no termina de resolverse, tal como si cada elemento dudara de su propio lugar. Sin embargo, ninguno cae. Como la suspensión obsesiva de los retardos del adagietto, allá donde la música siempre llega luego, creciendo desde lo que no está y construyendo una continuidad que no depende de la puntualidad. Pues sí, ella también parece llegar siempre un instante después de sí misma, tal como si el presente le resultara un territorio ligeramente inhóspito que debe ser atravesado siempre con cautela.
Cierro mis ojos ybveo sus ojos cerrados, o casi, pero no en son de descanso sino de administración. Porque no mirar es, en ella, un acto activo, una manera de reducir la intensidad de lo que irrumpe, una forma de modular los golpes de un mundo que no negocia el volumen. Allí no hay huida pero tampoco entrega. Hay cálculo, pero no tanto en el sentido frío de la estrategia sino en el más elemental: hasta cuándo se puede entrar y cuánto debe quedar afuera para que el interior no se fracture. Veo allí una operación continua, silenciosa, siempre invisible para quien mira sin saber pero decisiva para quien la habita.
Cierro los ojos y siento sus ropas en movimiento, introduciendo una discordia que nunca se convierte en conflicto. Prendas que se desplazan con una energía que parece exceder al cuerpo que las porta, como si fuesen la traducción visible de algo discrónico y que no encuentra otra vía. Ahí asoma, apenas, la vehemencoai contenida de la segunda sinfonía, esa insistencia en avanzar aún si no hay garantías de resolución. Pero incluso en ese gesto hay contención pues nada estalla del todo, nada se entrega completamente a su propia inercia, y todo queda, de algún modo, retenido en el umbral.
Cierro mis ojos y noto que es en ese umbral donde ella parece vivir. No dentro, ni fuera. No en la calma ni en la tormenta, sino en la franja donde ambas se tocan sin mezclarse. Hay días en los que esa posición es insoportable, demasiado expuesta para el recogimiento pero demasiado retirada para la intemperie. Y, sin embargo, es ahí donde su forma de estar encuentra su verdad, ya no como elección sino como condición.
Cierro mis ojos y la amo. Y amar aquí no es una expansión sino una contracción, un volverse más preciso, más atento a lo que no necesita decirse, aprendiendo a no completar lo que falta y, sobre todo, a no interpretar de más. Porque lo que en otros sería silencio, en ella es densidad, lo que en otros parecería vacío, en ella es saturación. Hay en ese interior una acumulación de matices que no se ordenan según la lógica común, una polifonía con voces que no buscan coincidir. Tal cono en aquellas disonancias en las que la contralto se obstina en mantener una línea que el coro no resuelve y, sin embargo, ambos persisten, no para reconciliarse sino para coexistir en esa tensión que no pide alivio sino que lo fabrica ex profeso.
Cierro mis ojos y siento sus miedos -¡craso error pensarlos como obstáculos! y temores que funcionan a modo de sensores, superficies de contacto con lo que duele demasiado pronto o demasiado fuerte. Pero que no la detienen sino qie la obligan a un tipo de atención que otras personas no necesitan. Y esa atención, sostenida en el tiempo, se vuelve una forma de fortaleza que no se exhibe porque no sabe cómo, o porque no le interesa. Pero no hay épica en eso. Hay desgaste, hay insistencia, hay una continuidad que no se celebra porque no tiene pausa.
Cierro mis ojos y la escucho. Como la octava, esa desmesura que parece querer abarcarlo todo pero termina siendo solo una sombra lejana, casi irónica. Porque si hay algo que en ella no ocurre es la expansión indiscriminada. Su modo de estar tiende, por lo contrario, a delimitar, a filtrar, a decidir (muchas veces sin palabra) qué puede ser sostenido y qué no. Y en esa economía hay una ética que no se declara sino que se ejerce, y que se. materializa día a día en sus apuntes.
Cierro los ojos y descubro que amarla, entonces, no es acompañarla un recorrido claro ni esperar una resolución. Es aceptar que no hay una síntesis final, que no habrá un momento en que todas las líneas se alineen y produzcan una claridad tranquilizadora. se trata, más bien, de permanecer en esa zona de ambigüedad donde cada gesto puede ser leído de más de una manera, donde cada silencio contiene múltiples posibilidades y donde ninguna se impone. Y quedarse ahí, sin traducir, sin reducir, sin exigir coherencia donde no tiene por qué haberla, es lo más cercano a una forma de verdad que solo se puede alcanzar con ella. No una verdad luminosa ni una revelación, sino algo más opaco y, por eso mismo, más resistente: la certeza de que su manera de ser en el mundo no necesita ser corregida para ser amada, ni comprendida del todo para ser acompañada.
Abro mis ojos y comprendo que ella me ha enseñado a no forzar una resolución donde hay ub proceso, a no buscar una consonancia allí donde la disonancia no es un error sino una condición.
Como en Mahler, sí, pero sin la promesa de redención final. Solo la persistencia, ese mantenerse en un frágil equilibrio que nunca se estabiliza, pero que jamás se rompe.









